Morellandia estrena podcast con La nevera de la Sra. Baker

¡Te recomiendo que escuches este audio de iVoox! Episodio 1- It follows + Mil gritos tiene la noche + I kill giants http://www.ivoox.com/36950870

En el Episodio 1 de La nevera de la sra. Baker analizamos It follows, explicada especialmente para el sr. Tarantino que dijo no entenderla. La cara B de nuestro programa la dedicamos a Mil gritos tiene la noche, el slasher loco del español JP Simon. El bonus track lo pone Rainbow Moon, nuestra experta infantil para todos los públicos que nos cuenta I kill giants, una fantasía dramática a reivindicar. No os lo perdáis, amigos!

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Ánimas (2018) de José F. Ortuño y Laura Alvea

 

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Hay poco cine español de terror en los tiempos que corren y rodar en España no es rodar en Hollywood ni contar con sus medios de producción ni sus presupuestos. Es un hecho. Lejos quedó aquella época dorada de mediados de los años 70 y principios de los 80 donde el fantaterror español pegaba fuerte dentro y fuera de nuestras fronteras.  En el año 2000 la Fantastic Factory también parecía que iba a dar un impulso al género con películas rodadas en inglés y personalidades como Jaume Balagueró y Brian Yuzna pero el intento no acabó de despegar. Al margen de gigantes del cine como J.A. Bayona o Alejandro Amenábar el terror en este país no ha dado grandes títulos últimamente para el público más mainstream que acude el fin de semana a las multi-salas. Por todo esto, que dos autores españoles se interesen por el género siempre es una buena noticia para los que somos fans confesos y sin complejos.

Ánimas es una película irregular que peca de los típicos excesos de directores primerizos, aunque Ortuño y Alvea no lo sean tanto. De este aire amateur quizá tenga algo de culpa el hecho de la que la historia rondaba en la cabeza de Ortuño desde hace más de una década. El director sevillano quería plasmar esta historia en imágenes ya a principios de la década de los años 2000, pero no encontró la manera de desarrollar un proyecto tan ambicioso. En 2004 publicó la historia en forma de novela.

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Después de labrarse una carrera como realizadores de ficciones y también documentales, se dieron las condiciones propicias y la financiación necesaria para llevar la historia a la gran pantalla. 

Ánimas narra la amistad entre Álex (Clare Durant) y Abraham (Iván Pellicer), dos adolescentes a punto de entrar en el mundo adulto con sus luchas y sus contradicciones. Álex es una joven fuerte y segura de sí misma. Abraham es un chico tímido e inseguro con una familia disfuncional. El conflicto llegará cuando Abraham se empareje con Anchi (Chacha Huang) y Álex empiece a tener terribles visiones que la hacen vivir en un limbo entre realidad y pesadilla. 

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El prólogo inicial es una poética escena con reverso tenebroso donde Álex, con 7-8 años, sube las escaleras del edificio donde viven ambos y se encuentra a Abraham sentado en los escalones del rellano, en pijama y huyendo de la fuerte discusión que tienen sus padres. Toda la puesta en escena es onírica con una iluminación que más tarde veremos que sirve como reflejo del estado de ánimo de los personajes, que late a compás de sus sentimientos. Aquí, en la escalera en espiral con la lluvia de fondo en una noche oscura y desapacible, Álex entra en la vida de Abraham como un rayo de luz que le salva del horror que hay de puertas para dentro. 

El problema es que toda esta magia inicial se rompe cuando saltamos diez años después a los títulos iniciales que nos bombardean con imágenes en montaje sincopado de los jóvenes en el instituto de secundaria, dándole a toda esta escena un aire de película noventera de la peor calaña. 

La primera parte es la más irregular del film, pero se salva por el precioso prólogo en el rellano y una fotografía que brilla por el uso del color haciendo que algunas escenas sean apocalípticas, de tensión a punto de estallar, como la de la conversación en el patio del instituto de los dos adolescentes. Aquí el ambiente aún se está preparando para introducirnos en el mundo de pesadilla en el que vivirán los personajes.

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Los catalizadores de toda esta hostilidad serán el padre de Abraham (Luis Bermejo) con estallidos de violencia y constantes palizas a su familia; y Anchi , la novia del chico, que abre una brecha en su amistad con Álex. Las referencias cinéfilas a los años 90 se suceden en esta parte trayéndonos a la memoria títulos como Pesadilla en Elm Street y El sexto sentido. El propio Abraham es fan de las películas de terror y se muestra en las paredes de su habitación con pósters de peliculas como Psicosis

El lastre más peligroso de esta parte, que puede hacer abandonar su visionado a más de un espectador, es que según va avanzando la pesadilla de Álex la historia se vuelve repetitiva y no acaba de lucirse en el desarrollo de los personajes y sus motivaciones. Vemos no menos de tres escenas delirantes, casi seguidas, de Álex frente al espejo y en la ducha (Psicosis y El resplandor también), acechada por una sombra que proporciona algún susto facilón. 

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La segunda parte juega al despiste con el espectador. El peso de la sospecha de la locura de Álex y su comportamiento perturbado se desplaza y recae sobre Abraham. El chico empieza a mostrarse taciturno, reservado y esquivo con su amiga. Álex está viviendo una pesadilla donde han desaparecido su madre, su perro y hasta sus muebles pero su mejor amigo la ignora y sólo escucha a Anchi, su novia. Aquí hay que destacar de nuevo el uso del cromatismo para recrear un ambiente tenebroso donde Álex está aislada por la indiferencia de su amigo que la recibe en su cuarto iluminado por tonos fríos y azulados. 

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El “momento archivo” (así le llamamos en Morellandia al momento en que se desvela a los personajes y al espectador el misterio de una historia) llega después de que Álex suba y baje, entre  y salga de su casa y de la de Abraham en un juego de puertas que se abren a sitios imposibles, cual Alicia tras el Sombrerero o heroína noventera que huye de Freddy Krueger. Todo se revela con un manual de psicología en la mano y las teorías de Carl Jung que dan titulo al film. Y hasta ahí podemos leer sin caer en el spoiler que tanto interés le restaría a la trama de esta película. A partir de aquí el guión se convierte en un thriller donde la tensión y el suspense están bien ejecutados. Cada escena de este mundo de pesadilla es un desfile por homenajes (y no plagios, señores) de referencias míticas para la memoria cinéfila. Después de este tour de force toda la historia queda hilvanada en un final que se empeña en ser demasiado cerrado y explicado.

Ánimas se explica al final como una historia sobre el miedo: a tener miedo,  a crecer, a la muerte y a todas las responsabilidades que conlleva dejar atrás al niño y enfrentarse al mundo adulto. Pese a ser una historia irregular con un cierto aire amateur y una primera parte que cae en la repetición, tiene puntos fuertes como su preciosa fotografía cromática, los cuidados efectos especiales y su capacidad de crear un ambiente oscuro y opresivo al más puro estilo del David Fincher de los años 90. Es un honesto homenaje al cine de terror de un fan confeso que la ha dirigido desde las tripas y echando el resto. 

 

 

 

La campana del infierno (1973) de Claudio Guerín Hill

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Más de 40 años después del estreno de La campana del infierno, el film vuelve a estar de actualidad con el estreno del documental La última toma de Jesús Ponce que se presentó en el Festival de cine europeo de Sevilla en Noviembre.  El documental es un recorrido por la biografía del malogrado director Claudio Guerín Hill que perdió la vida durante el rodaje de la película.

Si hay una película maldita en el cine español de terror de los 70 es la cinta que nos ocupa. Maldita porque su realizador murió mientras preparaba el rodaje de una de las últimas escenas y también porque su distribución fue difícil. Hasta hace unos años sólo había en DVD una edición inglesa. Incluso el guión de Santiago Moncada estuvo perdido para recuperarse hace sólo tres años, dando pie a la publicación de un libro del propio guionista.
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Sobre el fatal accidente, la crónica negra cuenta que Guerín se encaramó a un andamio para colocar una de las cámaras en una torre que se había hecho construir de cartón piedra para el rodaje en la iglesia de Noya (Ourense) con el fin de albergar la campana que da título al film. El director pisó en falso y se precipitó al vacío desde una altura de 20 metros. El desenlace fue fatal y la película tuvo que ser acabada por Juan Antonio Bardem. Dicen sus compañeros de rodaje que Guerín tenía muchas ideas en la cabeza sobre el film y el montaje que nadie más  conocía. Por eso es un misterio saber cuál hubiese sido el resultado final de haber sido acabada y montada por la mano del director.

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De origen sevillano Guerín rodaba en Noya su segunda película tras el relativo éxito de La casa de las palomas, coproducción italiana protagonizada por Ornella Muti y Lucía Bosé. El cine de terror estaba estaba viviendo una década de oro durante los primeros años 70 en Europa. Los italianos tenían el giallo con Argento, Bava y Fulci. Y en España teníamos el fantaterror en un país que aún estaba anclado al Régimen represivo y ultracatólico, pero con voces que ansiaban libertad y apertura a Europa, con títulos como No profanar el sueño de los muertos (Jordi Grau, 1974)  o Pánico en el transiberiano (Eugenio Martín, 1972). Era también la época del destape y el cine de terror supo aprovechar la circunstancia como ningún otro género con directores como Jesús Franco a la cabeza. Muchos de aquellos realizadores e intérpretes utilizaban pseudónimos anglófilos con el propósito de atraer a espectadores despistados a las salas de cine y quizá también por un complejo de inferioridad  respecto a las grandes producciones de Hollywood.

La campana del infierno, co-producción hispano-francesa cuenta en su elenco con un protagonista francés, Renaud Verley, que venía de encarnar en televisión a galanes en el país vecino. Otra de las estrellas del reparto es Viveca Lindfors, actriz americana de origen sueco que había trabajado en algún film de género con Boris Karloff. La parte española del reparto la componen Alfredo Mayo, actor con una sólida trayectoria a sus espaldas y que había colaborado con Paul Naschy. Entre las tres jóvenes primas del protagonista destaca la presencia de Maribel Martín, actriz ya conocida en el género después de haber rodado La residencia y La novia ensangrentada. Las otras dos intérpretes Cristina Von Blanc y Nuria Gimeno tuvieron carreras mucho más diluídas, aunque la primera llegó a trabajar a las órdenes de Jesús Franco. El film comienza con el retorno de Juan, su protagonista, al pueblo natal después de haber estado recluído en un manicomio. Allí se encontrará con su tía materna y sus tres primas con las que ha tenido una relación difícil. Poco a poco la historia se irá perfilando como una trama de venganzas, codicias y relaciones de poder entre los personajes.

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En la escena inicial vemos sin entender como Juan está fabricando sobre su rostro una máscara de escayola. Guerín empieza el film descolocando al espectador con una escena que aún no entendemos, rodada además sin música ni diálogos, sólo con el sonido ambiente. Ya se nos perfila como una cinta con una intención de autoría y sello personal que se irá repitiendo a lo largo de todo el film con diálogos fuera de cámara y montaje sincopado en algunas escenas. El joven  recoge sus efectos personales sin que aún sepamos si está saliendo de una cárcel, un reformatorio o alguna otra institución. Vemos como rompe la foto de una chica, pero conserva otra de unos niños jugando mientras suena la tonadilla infantil que será el leit motiv del film “frere Jacques”, canción que precisamente habla de un fraile encargado de hacer repicar las campanas de una iglesia. Juan sale del psiquiátrico después de un incómodo diálogo con el director de la institución que le explica que se celebrará un juicio al que tendrá que asistir. Sale del manicomio en la motocicleta y quema la citación judicial como una muestra más del carácter díscolo y rebelde del personaje. Mientras circula por la carretera vemos como adelanta a un vehículo que transporta la enorme campana que da título al film. Sus caminos se cruzan esta vez como una premonición fatal. A lo largo del film volveremos a ver imágenes de esa campana siendo transportada a su lugar final que coincidirá con el de Juan en una broma macabra del destino.

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Juan llega finalmente a un bosque y se detiene pensativo rememorando la misma escena de la foto que hemos visto de los niños jugando cuando salía del manicomio. Vuelve a sonar la misma tonadilla infantil y una voz fuera de campo de un anciano le habla de fuerzas ancestrales y oscuras que se desencadenaron cuando Juan fue engendrado escribiendo su destino para que fuese desdichado. El que habla es un anciano mendigo que vive en el bosque con su nieta y va totalmente ataviado a la manera de los peregrinos del camino de Santiago. He aquí un elemento llamémosle místico o sobrenatural que no se llega a desarrollar en la historia y no sabemos si por voluntad de Guerín o por alguna flaqueza en el guión y el montaje final que descarta finalmente este elemento en la trama que hubiese resultado interesante.

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Después de un breve paso nostálgico por el hogar familiar pasamos bruscamente a una escena sin diálogos ni música, grabada como si de un documental se tratase, donde vemos a Juan aprender a sacrificar y despiezar reses. Se trata de imágenes reales muy violentas donde los animales agonizan frente a la cámara. No será la única vez donde vemos al protagonista en escenas insólitas como reparando y trabajando con un panal de abejas. Todo forma parte de la preparación de lo que habrá de venir después, pero el espectador aún no lo sabe.

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Tras este aprendizaje el protagonista va a visitar a su tía Marta y sus primas. Otra vez asistimos a una escena con la voz fuera de campo de uno de los personajes, su tía en este caso, que prepara el té en la cocina mientras Juan hurga en busca de unos documentos en el salón. Aquí entrará también en escena el gran Alfredo Mayo, el aparejador, que tendrá una importancia vital en el destino de Juan. El carácter díscolo del joven entra en acción e inventa una historia sobre la desaparición totalmente fictia  de sus tres primas en el mar. De tal modo que cuando éstas entran el salón, envueltas en la bruma del mar, el pobre hombre huye despavorido creyendo que son tres aparecidas. La manera en que llegan las muchachas cantando una vieja canción popular marinera venidas desde la niebla y el mar rememora el sabor de esa Galicia de meigas y leyendas que ya había introducido la figura del mendigo del bosque.

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La familia de Juan se define como represora y reprimida en esta escena de presentación de personajes. Su tía es una mujer que va en silla de ruedas, severa e hipócrita que disfraza de cariño y protección  la codicia que le mueve a controlar la vida de Juan. Sus tres primas se definen en base a la relación de deseo y poder que mantienen con él. La mayor, Teresa emula el carácter seco y rígido de su madre aunque en el fondo y muy a su pesar desea a Juan. La mediana, María, tuvo relaciones con su primo toleradas con fines aviesos por su tía y sus sentimientos hacia él siguen vivos. La pequeña, Ester, es un alma cándida que siente devoción fraternal por su primo.

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Juan representa el espíritu libertario que desea huir de esa España rural encerrada en sí misma y conocer otros países y otras culturas. Su personaje maneja con soltura símbolos de la modernidad y el progreso como son cámaras fotográficas, magnetófonos, y autómatas. En una escena que es un ejercicio de estilo vanguardista con un montaje sincopado vemos fotos de desnudos de su prima María, mientras suena nuevamente fuera de campo un diálogo entre dos amantes que luego sabremos que son las voces de Juan y María grabadas en un magnetófono. El diálogo que empieza siendo amoroso acaba en discusión con los gritos de Juan diciendo: “Quiero vivir, pero a mi modo (…) Estais asfixiándome! “

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De aquí podemos colegir que el personaje de Juan no está realmente loco, aunque él mismo esté atormentado por esa misma duda. Su conflicto es el de querer escapar de una familia represora igual que le ocurrió a su fallecida madre que llegó a suicidarse intuimos que por similares motivos.

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En medio de todo este drama familiar nos encontramos con los personajes que viven en el pueblo, los caciques y señoritos que se dan cita en el casino y el párroco de la iglesia, caracterizado aquí como un cura bonachón y afable, breve concesión a la Iglesia que se permite Guerín tras su retrato crítico y mordaz de la España tardo franquista.  Los caciques con don Pedro como cabecilla, el aparejador que había conocido en casa de su tía, se nos dibujan como unos gañanes, brutales y prepotentes hipócritas guardianes de la moral que casi violan en una de sus partidas de caza a la nieta del mendigo del bosque, que es casi una niña. La providencial intervención de Juan pone a salvo a la muchacha, que más tarde será vengada por su abuelo.

Juan se burla de todos ellos haciendo gala de su carácter gamberro y sádico con bromas muy macabras como la de pretender sacarse los ojos delante de la mujer del aparejador, o la de hacer creer a la mujer de Don Pedro que ha abusado de ella después de que esta sufriese un desmayo.

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Después de todo este despliegue de felonías vemos como nuestro protagonista sigue con su plan maestro y se va al acantilado a cavar tres agujeros donde piensa plantar tres árboles. Guerín crea en esta escena un ambiente casi pictórico de naturaleza romántica embravecida con el furioso mar gallego chocando contra los acantilados y Juan de pie contemplando el embite de las olas, componiendo una estampa muy similar a la de El caminante sobre el mar de nubes del pintor romántico Caspar David Friedrich. Algún guiño más esta vez literario se apunta al ojo del espectador, como cuando el joven toca el piano siguiendo con sus preparativos, mientras un cuervo grazna sobre la partitura, trayéndonos a la memoria esta vez a Edgar Allan Poe.

El clímax de la película llega cuando el protagonista invita a su casa a su tía y sus tres primas para llevar a cabo su planes de venganza. Tiene todo preparado, pero en un desesperado intento final intenta pactar la libertad con su tía. Le pide que le entregue su pasaporte para que él pueda irse lejos. Después de una breve duda su tía se niega y Juan decide entonces seguir adelante con sus planes. En la sobremesa Juan saca de paseo a su tía en silla de ruedas, le canta una nana solícito para que descanse. Previamente la ha drogado con un potente somnífero en el té  y la deja en medio de un panal de abejas por las que la señora siente terror, para que cuando ésta despierte de la impresión fallezca, ya que está enferma del corazón. La siguiente es la prima pequeña Ester, a la que no guarda ningún rencor, pero como él mismo explica: “En todas las tragedias tiene que haber una víctima inocente”.  Sólo vemos como ata la joven.

 

Juan vuelve entonces a la casa donde le espera María desnuda en su cuarto. Los dos jóvenes coquetean en la cama. En un alarde de ingenio de la cámara  el director logra que no se vea más piel de la conveniente para la época, pese a la desnudez de la actriz. La escena acaba en violencia cuando ella intuye que Juan le va a hacer daño, intenta huir, pero él al la abofetea repetidas veces y coloca un esparadrapo sobre sus labios.

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En la sala Teresa, la mayor, está viendo en un proyector escenas felices grabadas durante la niñez de los tres primos. Juan entra en plano y después de un diálogo mordaz la viola sin que se vea explícitamente. Teresa acaba inconsciente de un violento golpe en la cabeza.

 

La siguiente escena sucede en el sótano donde el joven ha preparado todo para la tortura y asesinato de las tres jóvenes. Primeramente las ha dispuesto en camillas de hospital y después las cuelga de tres garfios en el techo desnudas cual reses en el matadero en la escena más icónica y reconocible del film. Finalmente cuando se dispone a torturarlas con instrumentos quirúrgicos, el pulso le tiembla y no se siente con fuerzas para clavar el bisturí en la piel. Justo en ese momento, suena el timbre arriba y las jóvenes aprovechan ese momento de descuido para librarse de sus ataduras. La tía Marta por su parte también ha logrado librarse y pese a tener el rostro horriblemente deformado por las picaduras de las abejas no ha fallecido. Todo el plan maestro de Juan ha fallado.

Volviendo a Poe y El gato negro esta vez, veremos como Juan es emparedado por Don Pedro, mientras su familia es cómplice y testigo. Mediante un complejo sistema que une el cuerpo del joven a la recién instalada campana de la iglesia su destino se sella junto al de la campana que va a ser inaugurada en la misa del día siguiente. La campana sonará y Juan hará un contrapeso de 70 kilos necesario para hacerla tañir mientras perece ahogado por los símbolos de esa sociedad hipócrita y represora que le ha llevado a su destino final.

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La última broma post-mortem de Juan nos remite a films de la época como La huella (Joseph L. Mankiewicz, 1972) repletos de ingenios mecánicos y autómatas. Don Pedro acude a la casa de Juan a investigar por qué hay una luz que se enciende y se apaga en la ventana. Después de hacer un recorrido por las bromas de feria que el protagonista ha dejado preparadas para él, como la cabeza mecánica con su escultura que toca el piano o su voz grabada en el magnetófono, muere ahogado en la pecera de Juan tras sumergir en ella su cabeza la mano del mendigo del bosque, cobrándose así su venganza por el intento de violación a su nieta. El círculo se cierra y el film acaba con el leit motiv del film frere Jacques sonando y concluyendo la historia.

Se trata éste de un film extraño, perseguido por su aura de malditismo, y con un montaje final que lo hace aún más extraño, dejando algunos flecos en guión que no podemos saber si se trata de ideas no desarrolladas por culpa de la ausencia de su director en el montaje final o por fallos involuntarios de un cineasta inexperto aún que podría haber dado grandes hitos para el cine español de la época siguiendo la estela de autores de su generación como Carlos Saura o Víctor Erice.

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