30 días, 1 historia: Junio

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Este mes de Junio os recomendamos buscar refugio de los rayos inclementes del astro rey en las reconfortantes paredes de la mansión de Bly, acompañando a Flora y Miles, las inmortales criaturas salidas de la pluma de Henry James.
El autor nacido en Nueva York publicó en 1898, Otra vuelta de tuerca (The others), uno de los hitos de la novela de terror sobrenatural e introdujo una novedad en el subgénero de las “novelas de fantasmas” que sentó algunas de las bases del género. La obra puede ser interpretada como una típica novela de fantasmas como tantas predecesoras, pero también introduce el elemento de la duda y la posibilidad de que estemos asistiendo a la progresiva enajenación mental de la protagonista y voz narradora de la historia.
La novela ha sido llevada en varias ocasiones al cine y también a la televisión. Una de las más conocidas y fidedignas adaptaciones es la película del realizador Jack Clayton Suspense (The Innocents, 1962). El británico, especializado en llevar a la pantalla grandes clásicos de la literatura, filmó una de las más bellas obras del género con la ayuda de la cuidada fotografía en blanco y negro de Freddie Francis, realizador y director de fotografía, de absoluto culto y asociado a las producciones de la Amicus y Hammer Productions.
El film narra la llegada de una institutriz británica, Miss Giddens (Deborah Kerr), a una mansión apartada en el campo donde tendrá como pupilos a los hermanos Miles (Martin Stephens) y Flora (Pamela Franklin). El tío y tutor de los niños (Michael Redgrave) es un soltero de oro que gusta de las diversiones de la gran ciudad y está al cuidado de los niños por accidente al morir sus padres. La joven institutriz es contratada por el tutor pues con una única condición: no ser molestado “bajo ninguna circunstancia”. El adinerado londinense delega absolutamente su responsabilidad sobre el destino de sus dos sobrinos en la joven institutriz. Miss Giddens, que se insinúa que ha queda prendada de los encantos de su patrón, acepta sin condiciones la oferta. Se traslada a Bly, la mansión que el terrateniente posee en el campo y sirve para alojar a sus sobrinos lo más lejos posible de él.
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Ya antes de la llegada a la mansión se deja intuir que hay un oscuro misterio relacionado con la muerte de la anterior institutriz, Miss Jessel, que falleció en extrañas circunstancias. Más adelante sabremos que el antiguo mayordomo, Peter Quint, un hombre colérico y soberbio, falleció también.
Miss Giddens se encontrará pues con una mansión aislada del mundo que guarda secretos y unos niños absolutamente encantadores, pero con un trasfondo perverso y un comportamiento perturbador. Su única ayuda y consejo será el apoyo de la sra. Grose (Megs Jenkins), el ama de llaves, que adora a los niños, pero es una mujer del campo prácticamente analfabeta y fácilmente influenciable.
El film es protagonizado soberbiamente por una Deborah Kerr que entraba en la madurez y quería salir de sus papeles de mujer bella y virginal para interpretar a personajes más complejos. Nos ofrece una interpretación impecable donde vemos como el arco del personaje le lleva de ser una recatada hija de vicario, bella pero reprimida sexualmente y totalmente inexperta en temas amorosos, a transformarse en una mujer al borde de la histeria que se va dejando llevar por el miedo/atracción que siente ante las apariciones/alucinaciones que presencia en la mansión.

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Los niños ofrecen también un una interpretación solvente, sobre todo la del joven Martin Stephens, que interpreta el papel de Miles y capta a la perfección la dualidad del personaje de la novela. Bascula entre el candor infantil y la incipiente perversidad adolescente. A destacar también es la participación de la actriz Pamela Franklin, Flora en la ficción, que contaba con unos 11 años en el rodaje (algo mayor que la Flora de la novela). La actriz volvió a repetir bajo las órdenes de Jack Clayton, seis años más tarde con A las 9 cada noche (Our mother´s house, 1968), en el papel de la primogénita de una familia numerosa y conservadoramente disfuncional.
Gracias a la talentosa asociación entre Jack Clayton y Freddie Francis, la película nos regala alguna de las más icónicas escenas del terror clásico, como la secuencia en el jardín de la mariposa y la araña, que no desvelaremos, o una angustiosa escena rodada con la cámara haciendo un giro en 360º en el pasillo en la oscuridad con una Deborah Kerr absolutamente desquiciada.
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¿Por qué verla? Suspense es un clásico del terror sobrenatural que adapta a su vez una novela clave en las bases del género. La historia es sencilla y espeluznante a la vez. Más por la perversidad que sugiere que por lo que se desvela. Jack Clayton hace una crítica velada de los peligros del fanatismo religioso y la moral más represora con una elegancia visual tal que cualquier cinéfilo no debería perdersela. La manera en que la historia nada entre las dos lecturas posibles de la obra, hace que el propio espectador sea el que haya de tomar partido en una u otra dirección. Cuando llega el clímax final y las terribles consecuencias sean desveladas a más de uno se le helará la sangre. No en vano, Truman Capote escribió el guión.
¿Algún problema? No se me ocurre ningún motivo para dejar de ver esta preciosa joya del cine clásico con una Deborah Kerr que se come la pantalla. Podría deciros que si sois adictos a la acción desenfrenada y el gore o tenéis alergia al cine clásico rodado en blanco y negro pues no la veais, pero allá vosotros. Suspense es un clasicazo que nadie debería perderse “bajo ningún concepto”.

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30 días, 1 historia: Abril

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En Abril recomendamos esta novela de Jack Ketchum que nos ha hecho plantearnos si nos hacemos veganos y dejamos de ver Crónicas Carnívoras en Blaze, a la espera morbosa del infarto televisado. ¿Qué mejor día que el Viernes Santo en que todo buen creyente practica el ayuno y evita la ingesta de carnes y derivados para empezar a leer esta sangrienta obrita?
Jack Ketchum estuvo a punto de dedicarse a la ebanistería o a cualquier otro trabajo manual y privarnos del placer de leer sus “obras sangrientas, violentas y pornográficas”, como las describieron los magazines de los años 80. Gracias a su amistad con Stephen King y sobre todo a su mentor, Robert Bloch, Ketchum se decidió por la escritura. Su literatura podría enmarcarse dentro del género del “nuevo gótico americano”, donde el horror ha dejado atrás el castillo y los entes sobrenaturales; y nos muestra que el peor monstruo es el ser humano. Paletos caníbales, sádicos torturadores e incautos urbanistas enfrentados a una naturaleza hostil son los principales protagonistas de las historias de Ketchum. Dallas Mayr, verdadero nombre del autor, tuvo que lidiar con la censura de los editores sobre todo en ésta su primera novela publicada en 1980. No haremos spoilers, pero el autor batalló duramente contra la editorial que llegó a cortar con tijeras implacables varios de los pasajes más sangrientos y menos complacientes para el lector. Ketchum “se bajó los pantalones” en muchas concesiones a los editores, como él mismo dijo en varias entrevistas. Quería incluir varias recetas culinarias con la carne humana como principal ingrediente, pero no se lo permitieron. Lamentó profundamente que no le dejasen incluir una receta sobre como preparar carne en cecina, que el autor consideraba especialmente útil para sobrevivir en la naturaleza. Por si los lectores, se perdían en el monte. Vamos, un Bear Grylls de los 80.
El argumento nos narra la historia de Carla, una escritora de Nueva York que alquila una casa en un pequeño pueblo de Maine (dónde si no!) buscando un retiro espiritual para dedicarse a escribir. Su hermana Marjorie y unos cuantos amigos más vendrán a pasar unos días con ella y relajarse al estilo de los urbanistas en el campo, es decir, cerveza y fornicio. Sin embargo, sus ideas de relax y diversión serán truncadas por una gran familia de salvajes caníbales que tienen otros planes para los deliciosos neoyorkinos.
La novela está escrita con un estilo directo de frases cortas y ritmo ágil que engancha desde el minuto cero. La escritura de Ketchum está plenamente influenciada por el cine y la cultura pop. El autor reconoció que una de sus mayores influencias al escribirla fue La noche de los muertos vivientes de George A. Romero. En la época en que la escribió ya estaba en pleno auge el slasher con hitos como Las colinas tienen ojos, cuya familia caníbal tiene muchas semejanzas con los salvajes de Al acecho.
¿Por qué hay que leer Al acecho? supone un buen acercamiento a la obra de Ketchum que más tarde sería guionista de cine y vería como varias de sus obras se adaptaban a la gran pantalla con buenos resultados. No es su obra más lograda, pero permite conocer las obsesiones del autor y sus filias por las historias más transgresoras y poco complacientes con el lector. La obra que nos ocupa es de extensión mínima y se lee con agilidad en una tarde. Si eres un fan del slasher y del extremismo francés te cautivará.
¿Algún problema? Se le puede achacar a esta novela primeriza que no hay profundidad en el estudio de los personajes y que algunos son estereotipos con patas, lo cual da poco espacio a la empatía con sus sufrimientos. Si buscas alguna disquisición profunda ética o moral ésta no es tu novela. Y por supuesto no es una obra apta para estómagos sensibles ni morales puritanas.
A los más duros de roer, recordarles que es una novela de 1980 que tuvo que lidiar con la censura de la época. Así que no se le puede pedir más sangre ni más transgresión moral de la que da. Personalmente hay un pasaje que me ha hecho preguntarme si Panos Cosmatos, el celebrado director de Mandy no se la habrá leído también.

El gran dios Pan (Arthur Machen, 1849)

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Considerado uno de los maestros de Lovecraft, si la literatura de Arthur Machen ha llegado a nuestros días ha sido en gran parte gracias a la influencia que ejerció sobre el creador de Los mitos de Cthuthu. Hijo de un pastor anglicano y con una infancia pobre, Machen, se vió obligado a dejar sus adorados bosques galeses para buscar fortuna en Londres. Intentó entrar en la universidad para estudiar medicina, pero suspendió el examen de acceso. En Londres tuvo diversos oficios como profesor y empleado de imprenta, pero principalmente fue periodista, profesión que odiaba. Más tarde se casó con Amelia Hogg, una actriz de teatro que frecuentaba la vida bohemia y círculos de artistas y literatos. Esta vida social le llevó a entrar en contacto la famosa orden esotérica Golden Dawn.En Machen convivían en perfecta harmonía el hombre religioso y el curioso aficionado al ocultismo en su faceta más sensualista.machen

El volumen que nos ocupa contiene cuatro relatos muy similiares entre sí en cuanto a temática. Nos desvelan las obsesiones del autor por el mundo esotérico sin perder de vista una moralidad didáctica. Se nos avisa de que si levantamos el velo del misterio nos destruiremos irremediablemente en cuerpo y alma.
El gran dios Pan, su obra más conocida, está narrada con una estructura casi Rashomon donde cada uno de los personajes cuenta una parte diferente de la historia. El nexo común son las vivencias de Mary, Helen V… la misma mujer que va cambiando su identidad y extendiendo un reguero de muertes y más tarde suicidios en Londres.
Las mujeres que aparecen en los relatos de Machen siguen siendo depositarias de la belleza, pero también del mal que halla en ellas un vehículo para emerger. En El gran dios Pan, Mary es utilizada por su benefactor y tutor, el doctor Raymond, para su experimento sin que la joven se oponga, ni tenga voluntad propia u opinión en el trance. Igual sucede en el siguiente relato, Luz interior, donde el doctor Black experimenta con su esposa, temerosa, pero finalmente dócil y víctima del ansia de saber de su esposo.medicina 19

En La novela del sello negro se narran las vicisitudes de una joven que queda huérfana y desvalida en medio del Londres cruel e invernal, constante en toda la obra del autor. La joven es recogida literalmente de la calle, donde había decidido por voluntad propia morir de inanición. Su salvador es un médico viudo que necesita una institutriz para sus dos hijos. Finalmente la chica acaba convirtiéndose en la secretaria del doctor, especializado en geología y obsesionado con una piedra negra y sus pictogramas. Nos hallamos aquí ante un relato digno de una trama de un Indiana Jones de época, pero con tintes mucho más tenebrosos y sin el sentido aventurero y lúdico del arqueólogo.
Para Machen hurgar demasiado en el misterio tiene consecuencias que suelen acabar en desapariciones y tragedias inexplicadas. Los personajes masculinos son casi siempre hombres de ciencia que se debaten entre su curiosidad por lo esotérico y su prevención ante lo oculto y transgresor, temerosos de traspasar la barrera, pero que irremediablemente acaban traspasándola.
El último de los relatos, La historia del polvo blanco (no sabemos si se trata de un eufemismo para hablar del opio que se fumaba en el Londres victoriano) es muy similar al de Luz Interior, pero aquí no hay doctores experimentando con sus esposas ni con jovencitas recogidas del arroyo. Aquí, un joven de buena familia, Francis Leicester, empieza a consumir lo que creía que era un tónico de quinina, recetado por un médico respetable, para sacarle de su obsesión por el estudio. Francis acaba convirtiéndose en un yonki accidental del Vinnum Sabati, el polvo que añadían las brujas al vino en sus aquelarres para entonarse. Esto evidentemente traerá funestas consecuencias, con su hermana como testigo doliente de todo el proceso.aquelarre

La obra de Machen es considerada como precursora del horror cósmico que más tarde desarrollaría Lovecraft. El relato sale del castillo gótico y se va a la ciudad. La urbe se trata de un Londres hostil y lleno de recovecos donde acecha lo oculto, lo interesante, pero también el mal, un mal intemporal y primigenio que está bajo la superficie de las cosas. Machen, como inadaptado a la vida de ciudad siempre muestra su añoranza por la campiña galesa donde nació con sus bosques, sus ruinas romanas y sus viejas leyendas celtas con dioses paganos como Pan. Esto se muestra muy claramente en La novela del sello negro, cuando los personajes se trasladan al campo y se menciona la existencia de una raza de seres mágicos, terribles y ancestrales que hablan un idoma extinto y sobrecogedor. El protagonista cree en la existencia de elfos y hadas que las leyendas populares han dotado de belleza y bondad para ocultar el temor que sienten por su verdadera naturaleza. Los elfos y las hadas son en realidad seres crueles y horribles a los que hay que temer y evitar.


Machen era un hombre educado en la religión y con una formación clásica. De ahí, el moralismo presente en toda su obra, cosa que no evitó que algunos de sus relatos fuesen censurados en su época. Para el lector actual, acostumbrado a que se le muestre mucho más de lo que se insinúa, los relatos de este escritor galés son demasiado elípticos ya que no terminan de mostrar el verdadero horror, sino que lo insinúan. El ritmo pausado de la narración aconseja también acercarse a la obra de Machen con la cabeza bien despierta. Gracias a este galés, además de la obra de otros autores como Robert W. Chambers (autor de El rey amarillo) ha llegado hasta nuestros días la fascinación por el paganismo en el género de terror, que ha impregnado también al celuloide con productos tan actuales como True detective y Hereditary o la muy esperada Midsommar. Mientras tanto, no molestemos al dios Pan.

30 días, 1 historia: Marzo

En Marzo recomendamos acercarse a este clásico imprescindible de la literatura fantástica que nos va a llevar de viaje a mundos góticos y maravillosos a partes iguales.

Jan Potocki, conde de origen polaco, viajero, científico, historiador, artista y ante todo aventurero, recorrió buena parte del mundo oriental y occidental con una curiosidad y un espíritu libertario excepcional para su época.

Proveniente de una familia muy acaudalada Potocki pudo dedicarse a viajar e investigar, llegando a ser consejero privado del zar de Rusia Alejandro I. Autor políglota escribió el Manuscrito en francés, idioma emblema de la cultura y la erudición. La obra se publicó en dos partes. La primera con el título de “Los 10 días de la vida de Alfonso Van Worden” entre 1804-1805 y la segunda parte “Avadoro, una historia española” en 1815.

La acción transcurre en 1715. Alfonso Van Worden tiene que atravesar a caballo la Sierra Morena de Andalucía para llegar a Madrid donde le esperan para enrolarse como capitán de la Guardia Valona (cuerpo de élite al servicio de Felipe V). En su viaje vivirá mil aventuras cruzándose en el camino con princesas árabes, bandoleros, gitanos, cabalistas y hasta endemoniados. Una de las primeras aventuras ocurre la primera noche que pasa en la Venta quemada, un lugar con fama de encantado, donde tiene un encuentro amoroso con Emina y Zibedea, dos princesas árabes hermanas, casualmente primas lejanas de Alfonso. Las dos hermanas tienen una relación tan estrecha y cordial que no les importa “compartir marido” y así sucede esa noche que pasan los tres juntos. Al final de la velada, Alfonso amanece al pie de la horca entre los cadáveres putrefactos de dos bandoleros ahorcados, los hermanos Zoto. 

En la primera parte todas las aventuras suelen acabar con nuestro protagonista despertándose al pie de la horca. Llega un punto en que el propio Alfonso duda de lo que ven sus ojos y se cuestiona si vive en una ficción creada por su propia mente o es víctima de algún embrujo. 

La segunda parte empieza con la narración de la historia de la vida de Avadoro, un patriarca gitano al que Alfonso conoce cuando se está alojando en el castillo de unas cabalistas. Aquí las narraciones pierden el cariz fantástico para centrarse más en historias de nobles y amores cortesanos. 

Toda la obra utiliza la estructura de historia dentro de historia o narración enmarcada donde unos personajes narran historias a otros y algunas de las historias acaban entrelazándose, pero de una manera magistral que hace que el lector no llegue nunca a perder el hilo de la narración. El libro tiene algunas escenas transgresoras para la época como la escena lésbica e incestuosa entre las dos hermanas árabes. También hay ironía al hablar de las creencias de algunos representantes de la iglesia como el ermitaño que quiere salvar de la condenación al endemoniado Pacheco, mientras nuestro protagonista se mofa de que existan los endemoniados. 

¿Por qué hay que leerlo? Es una obra clave en la construcción del género fantástico, un derroche de imaginación y sentido aventurero que os va a volar la cabeza, amigos de la posmodernidad. Potocki, armado con su verborrea narrativa es capaz de transportarnos a situaciones hilarantes y fantasmagóricas. No en vano, teóricos del género como Todorov lo escogen como obra cumbre para teorizar sobre el género fantástico. 

¿Algún problema? Todo el libro es una obra preciosista y desde ya proclamo que debería ser materia de estudio obligatoria en la Educación Secundaria (si el Quijote lo es, Potocki también puede). El pero es que en la segunda parte la narración pierde fuelle y algunas historias se vuelven repetitivas y menos interesantes, para la que suscribe al menos, porque se alejan del género fantástico. Vamos, que no es un libro de Stephen King ni os vais a llevar sustos que os hagan saltar del asiento. En 1815 el género fantástico funcionaba de otra manera y aún estaba muy ligado a mundos más maravillosos que tenebrosos. 

Como curiosidad morbosa, por si aún no os convence, contaros que Potocki se suicidó de un tiro en la sien después de acabar de escribir esta obra. Había invertido un tiempo de su vida en limar una bala de plata para que cupiese en su pistola. Cuentan las malas lenguas que se le había metido en la sesera la idea de que se estaba convirtiendo en hombre lobo y de ahí la bala de plata. 

La maldición de Hill House (Shirley Jackson, 1959)

He querido inaugurar esta página con la reseña de uno de mis libros favoritos de Shirley Jackson, como novela fundacional del subgénero de las casas encantadas.

Ahora que Netflix ha traído a la actualidad a una autora poco conocida por el gran público e infravalorada, en mi opinión, con la serie de tv que lleva el título de la novela, hemos querido beber de las fuentes y acercarnos al libro.

Cualquier lector con un nivel de usuario en el universo de Stephen King habrá leído las alabanzas de éste hacia la autora. Mr. King la idolatra desde niño cuando quedó profundamente impresionado por el relato de Jackson “La lotería” (The lottery and other stories, 1949), pero entremos en la sala de Morellandia donde habita Shirley y conozcámosla un poco más, amigos oscuros.

Shirley Jackson nació en San Francisco en 1916, hija de una familia de clase media que se trasladó a Nueva York en 1932. Allí Shirley estudió en la universidad de Rochester y empezó a publicar relatos en revistas amateurs. Más tarde conoció a Stanley Edgar Hyman con quien se casó y tuvo cuatro hijos. Shirley siguió publicando relatos en revistas cuyo público fundamental eran amas de casa y fue en 1948 cuando logró publicar su primera novela ” The road through the wall”.

Con una vida marcada por la diabetes, la obesidad y el alcoholismo y un marido controlador que la engañaba con las finanzas, sus vías de escape eran su pasión por el ocultismo y escribir relatos.

Con la publicación de su obra más conocida “Siempre hemos vivido en el castillo” (We have always lived in the castle, 1962), su marido llegó a insinuar en los diarios de la época que Shirley era una bruja. Todo con el fin de promocionar el libro y ver crecer las ventas. Shirley que vivía reprimida entre las brumas del alcohol y sus delirios ocultistas se apresuró a desmentirlo por temor al rechazo social.

Con este reflejo inverso de la perfecta esposa americana viviendo el “american dream”, no es de extrañar el argumento que brotó de la mente de Shirley para “La maldición de Hill House”, libro publicado en 1959.

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La novela narra la investigación del doctor Montague, un filósofo y antropólogo, que decide encerrarse varios días junto a otras tres personas en una mansión victoriana, para estudiar desde una perspectiva científica las manifestaciones psíquicas que se dan en una casa encantada, como Hill House.

El doctor alquila la mansión, que lleva varias décadas deshabitada, a su propietaria e invita a pasar unos días en ella a dos candidatas seleccionadas por su conexión con el mundo sobrenatural

Nuestra protagonista, Eleanor Vance, también conocida como Nell, llega a la casa tras la muerte de su madre a la que se ha pasado 11 años cuidando en su enfermedad.

La siguiente es Theodora, Theo, una joven alegre y sensual con gran capacidad telepática.

Y el tercero se trata de Luke Sanderson, un joven aspirante a crápula, impuesto en la visita por su tía y propietaria, como requisito para alquilar la casa al doctor Montague.

El libro empieza con una presentación de personajes canónica. Uno a uno nos va introduciendo a todo el elenco dando una breve pincelada de cada uno de ellos. A continuación, la narración se detiene en las circunstancias que llevan a Eleanor, nuestra protagonista absoluta, a Hill House. El robo del coche compartido con su hermana y el viaje por carretera de Nell tienen un tono de cuento de hadas, rozando lo onírico que presagia la obra que más tarde daría popularidad a la autora: “Siempre hemos vivido en el castillo”.

Vemos como una Eleanor que a veces se comporta como una cría asustada y otras como una chiquilla ilusionada va conduciendo a Hill House en pos de su recién estrenada libertad, y viviendo un monólogo interior donde ella es la única habitante de un mundo ideal con jardines encantados, leones de piedra y gatos blancos soñadores. Todos estos elementos oníricos van introduciéndonos en una mente soñadora y romántica poco apegada a la realidad. Nuestro personaje se va perfilando con maestría en este viaje iniciático que la lleva hasta la oscura verja de Hill House.

Theo también es otra muchacha soñadora con capacidades para percibir el mundo sobrenatural, pero es un personaje hedonista, sensual que vive hacia fuera, consciente de su atractivo.

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Es inevitable pensar en ambos personajes como posibles alter egos de la propia escritora. De un lado tenemos a Eleanor, la Shirley real que vive aislada en su propio mundo interior. Del otro, está Theodora, un personaje adorable con una personalidad magnética que va dejando una estela de sensualidad a su paso. Theo es la Shirley que quisiera ser, volcada hacia el mundo exterior y dueña de la imagen que proyecta.

Los dos personajes masculinos no están tan bien perfilados, sino que la autora establece una distancia, quizá de género a la hora de describirlos. Tenemos a Luke Sanderson, futuro heredero de Hill House, joven despreocupado con exquisita educación, un snob que siempre ha vivido sisando a su tía, propietaria de la mansión. Luke es el eje vertebrador de la relación entre Nell y Theo. Unas veces ambas son cómplices al burlarse de sus cualidades masculinas, situándole en el extra-radio de sus juegos dialectales y otras, por contra, rivalizan a la hora de ganarse su atención.

El otro personaje masculino, el doctor Montague, es un exponente de otra época y otras creencias, un científico con alma de filósofo, una especie en extinción en una década que está plenamente abierta a la ciencia. El final del libro se encargará de recordarle a Montague que sus creencias están caducas y hay que dejar paso a la luz.

El resto de personajes secundarios se trata de carácteres con la única finalidad de matizar la obra. Tenemos a los Dudley, el guarda y el ama de llaves de la mansión, cuyas apariciones sirven para teñir de oscuro las páginas en que aparecen. Hacia el final del libro entran en escena la sra. Montague, esposa del doctor y su amigo Arthur. Los dos aportan un tono de comedia a la narración por su histrionismo. Ambos son unos auténticos “believers” del mundo de lo paranormal y sirven a la autora con maestría para destensar y aplazar el clímax final.

Hill House se desarrolla como una novela de casas encantadas canónica, sentando muchas de las bases del subgénero tal y como lo conocemos hoy en día. Sus “jumpscares” son escasos, pero hay algunos capaces de provocar el escalofrío en el lector.

El ritmo de la novela, con una introducción paulatina en el ambiente oscuro y malsano de la casa, se desarrolla alternando fases diurnas de una felicidad campestre, que se acerca a un mundo de riachuelos y paseos por el bosque, muy propio de Shirley, donde los personajes fantasean con hacer un pic nic; y otras fases nocturnas donde la casa da muestras de su maldad y acorrala a los personajes llevándolos al borde de la locura. Es en el ritmo in crescendo donde poco a poco nos vamos adentrando en la mente perturbada de la propia Nell que alterna periodos de una felicidad absoluta y pueril, con otros de odio malsano hacia el resto de los personajes, sobre todo hacia Theo.

Todo esto nos va dando miguitas de pan, pistas, de que estamos ante una mente psicótica con un gran poder para provocar manifestaciones físicas, poltergeists, conectados con el mundo del más allá o no.

Aquí es donde se erige la modernidad de “La maldición de Hill House”, donde se introduce el elemento nuevo en el subgénero. Se establece la duda de no saber si estamos ante una casa encantada o ante una mente perturbada con el poder de provocar manifestaciones psíquicas a su antojo.

Shirley Jackon fue lo suficientemente moderna y perspicaz para dejar el libro con un final abierto a la interpretación del lector. Así el libro acaba con una estructura circular, cerrándose con el mismo párrafo que da inicio a la novela. La historia ha sido contada, pero el misterio no ha sido desvelado.