Shock (1977) de Mario Bava

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En 1977 Mario Bava firmaba su testamento fílmico con Shock, su última película en la gran pantalla. Su cine ya había entrado en decadencia al igual que su salud física y su hijo Lamberto le convenció para el rodaje. Con guión firmado por el propio Lamberto y Dardano Saccheti, su retoño acometía también las labores de ayudante de dirección. En Estados Unidos el film se editó con el título de Beyond the Door II, como si se tratase de una secuela de Beyond the Door (Ovidio Assonitis, 1974), film que había gozado de cierto éxito en las carteleras americanas. Las dos películas no tienen ninguna conexión temática ni autoral. Únicamente tienen en común la aparición de David Colin Jr. en ambas cintas, aunque interpretando a dos personajes totalmente diferentes.  Los italianos doblaron la apuesta y llegaron a fabular con que se trataba de una trilogía, la llamada  «trilogía de las puertas». El resultado fue Beyond de door III (1989), rara coproducción entre Estados Unidos y Yugoslavia.

 

 

 

El reparto del film lo componen Daria Nicolodi, actriz y guionista, pareja además de Dario Argento con el que había filmado Rojo Oscuro (1975). John Steiner un habitual del género que  había trabajado entre otros con Lucio Fulci y Tinto Brass. Uno de los hallazgos del film es la presencia de David Colin Jr. el niño que interpreta solventemente al hijo de la pareja protagonista. El intérprete venía de actuar en Beyond the Door y Shock fue su última aparición en cine. Actualmente David Colin Jr. es un reputado economista sin ninguna vinculación con el mundo del espectáculo.

La sinopsis empieza, como muchas otras pelis de género, con la familia compuesta por Dora (Nicolodi), Bruno (Steiner) y su hijo Marco (Colin Jr.) mudándose a una casa en el campo donde ya había vivido Dora con su anterior marido y padre del pequeño. El primer esposo de Dora, Carlo, se suicidó y era además un adicto a la heroína. Ella estuvo recluída en un sanatorio después del suicidio y su salud mental es afrágil. Quieren empezar una nueva vida, pero las cosas se complicarán cuando la madre empiece a obsesionarse con el pasado y el fantasma de su desaparecido esposo.

 

 

Ya al inicio de la película en la llegada a la casa vemos como el niño habla con alguien que no podemos ver junto al árbol que preside el jardín. Intuímos que la casa está encantada o hay algún habitante al que no esperaban encontrar. La cancioncilla infantil de caja de música, que suena cuando el niño baja al sótano, recurso tan manido en el cine de género se convertirá en el leit motiv que anuncie la irrupción de de lo sobrenatural. Marco ve a alguien que nosotros no vemos, pero Bruno también tiene algún secreto. Le vemos guardar celosamente la llave del sótano en el bolsillo y la cámara se encarga de remarcarlo como pista que nos lleva a lo subterráneo, al mal que acecha en el sótano.

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Dora es la única que permanece ajena a todos estos secretos, pero se convertirá precisamente en la víctima torturada y acechada por el pasado. En Shock, Daria Nicolodi nos regala su mejor interpretación, mucho más lucida que los personajes que interpretaba para Argento. Intensa, desgarrada, alterada y psicótica, Nicolodi se desgañita y echa el resto para meterse en la piel de Nora y «gritar en italiano», como sólo sabían hacer las actrices del terror transalpino.

David Colin Jr., el actor infantil que interpreta a Marco, nos ofrece también una interpretación memorable para su corta edad, rozando ciertos tabúes como el incesto y la insinuación de la sexualidad infantil que hoy en día serían impensables en la sociedad de lo políticamente correcto. Hay un par de escenas como el juego en el jardín con su madre en el que acaba tumbado encima de ella gimiendo y con un tímido movimiento pélvico que pueden incomodar al espectador como a la propia Nora. Otra de esas escenas es cuando espía a su madre que se está duchando y roba una prenda del cajón de su ropa interior.

 

 

John Steiner simplemente encarna correctamente un papel que no deja demasiado margen al lucimiento, ya que se trata del testigo del desquiciamiento de su esposa, tratando de evitar la caída final sin mucha fortuna. Es piloto de aviones, trabaja todo el día, pero se las arregla para ser un padrastro cariñoso para Marco y un hombre enamorado que ha encubierto los errores del pasado de Dora. Representa la lucha de la razón contra lo irracional y su único encuentro con lo sobrenatural será fatal.

La primera parte del film, quizá la más convencional se nos presenta como la típica historia gótica moderna de casas encantadas con presencias sobrenaturales. Tenemos un sótano, un piano maldito, un leit motiv con caja de música infantil y un columpio que se mueve solo. A parte de esto en la habitación de Dora y Bruno hay varios espejos que se encargan de crear unos puntos de fuga inquietantes.

En la película podemos ver ecos de otros films como La leyenda de la mansión del infierno (John Hough, 1973), donde un fantasma tiene sexo con una mujer, al igual que en Shock. También se repite la idea del dibujo infantil como prueba que desvela todo el misterio, como sucedía en Rojo Oscuro, aunque aquí el misterio es más evidente para el espectador entrenado en el género. La pared de ladrillos del sótano, que nos muestra Bava hasta la saciedad  es otra de las figuras retóricas del cine de género de los 70 y podría decirse que del de todos los tiempos, ya que constantemente nuevos autores vuelven a ella. Ni el venerado Mike Flanagan de La maldición de Hill House pudo resistirse a incluir una buena pared de ladrillos con esqueleto emparedado en su exitosa producción para Netflix.

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En cuanto a estructura podríamos decir que en el film se distiguen dos partes. Una, más canónica y englobable dentro del subgénero de casas encantadas y la menos interesante. Otra, que da comienzo a partir de la fiesta que dan Dora y Bruno en la casa, cuando la bajada a los infiernos de Dora empieza a acelerarse.

Es en la fiesta cuando el niño mira con odio a su madre y seguidamente le dice «debo matarte». En ese momento la posesión es completa y Carlo habita la mente de su hijo. Aquí acontece uno de los aciertos visuales de Bava. Dora mira al niño que está columpiándose en el jardín. Él le devuelve la mirada y juega a enrollar la cuerda del columpio hata que Marco desaparece. Se define aquí el giro del columpio como eje entre lo racional y lo sobrenatural en una elegante metáfora visual.

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La siguiente escena es un desfile surrealista de símbolos al más puro estilo buñueliano. Un diapason marca un compás, el piano de la casa ríe, hay agujas hipodérmicas, rostros borrosos … La cuerda se está tensando al límite. Todo se desencadena y la mente de Dora rompe con el mundo racional teniendo sólo breves destellos de realidad. El espectro de Carlo la somete a un acecho constante utlizando el cuerpo de su hijo como vehículo. La relación entre madre e hijo se deteriora. Las diabluras del niño van creciendo en maldad. Bruno asiste impotente al desquiciamiento de su esposa. Cree que todo son desvaríos y empieza a sedarla en sus violentas crisis nerviosas.

El film entra en una espiral entre pesadilla y realidad que Bava aprovecha para regalarnos las escenas más memorables. Un buen ejemplo de elegancia visual es el momento en que Dora ve una mancha de sangre en el piano. Vuelve a mirarla y ve que la mancha es en realidad un pétalo rojo de unas rosas que se están marchitando. Aquí la duda entre ficción y realidad se hace patente e implica al espectador.

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Otra muestra de la maestría como creador de ambientes es el momento en que Dora está durmiendo después de una de sus crisis. El espectro de Carlo llega a su cama en forma de luz que desliza las sábanas para tocar el cuerpo desnudo de ella. El espíritu tiene contacto carnal con Dora y ella lo disfruta. Su pelo se mueve de manera imposible y sincopada a cámara lenta. La mirada de la mujer es libidinosa y aterradora a partes iguales. En ese momento es la bella y el demonio, el vampiro que desde siempre ha obsesionado al cine gótico y a Bava en particular desde Barbara Steele y La máscara del demonio.

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Pese a todas estas genialidades Shock es una película irregular con algunas escenas estrepitosamente fallidas a nivel visual. Una de ellas, precedida por un momento de alta tensión en que Dora está encerrada en su dormitorio, tras un poltergeist de muebles que obstaculizan su salida. Todo este momento de tensión magistralmente rodado se echa a perder cuando vemos a un ridículo «cutter» volador amenazándola. Los efectos especiales de bajo presupuesto rompen toda la tensión y provocan la risa.

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Los 20 minutos finales del film logran un clima de tensión malsana que merecen pasar a los anales de la historia del terror. Daria Nicolodi lo da todo en la escena final rodada en el sótano donde la ha llevado el espectro de Carlo en un último acto de venganza. Ella misma se rebana el cuello en un suicidio brutal después de haber asesinado a Bruno. La escena es de una gran crudeza visual al estilo de las muertes sangrientas del giallo. La actriz nos ofrece una interpretación extrema y descarnada. La mejor de su carrera sin duda.

Bava fallecía tres años después de un paro cardíaco después de ser padre del terror italiano y el creador de un género que perdura en el cine de culto en nuestros días.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Bahía de Sangre (1971) de Mario Bava

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En 1971 tras dirigir varios giallos Mario Bava abre el camino a los inicios del slasher con Bahía de sangre. El considerado como uno de los padres del cine de terror italiano se ha desmarcado de las ficciones góticas hace tiempo. En esta ocasión rueda un film que no sólo está fuera de las paredes del castillo medieval, sino que el entorno natural tiene una presencia palmaria. No en vano el título original de la cinta es «L´ecologia del delitto». La trama argumental con guión del propio Bava, Filippo Ottoni y Giuseppe Zaccariello nos narra una historia de herencias, codicias y traiciones con un reparto coral donde nadie es de fiar y todos se disputan la bahía que da título al film.

La escena inicial muestra en pantalla una de las muertes mejor narradas visualmente dentro del cine de género de la época. Vemos a la anciana condesa Federica Donati (Isa Miranda) deambular en silla de ruedas por un salón lujosamente amueblado, mientras una melancólica banda sonora la acompaña. Afuera llueve y la condesa contempla con tristeza la casa que hay al otro lado de la bahía, donde se ve una ventana iluminada. Después, se mira con resignación en el espejo contemplando quizá el paso del tiempo en su rostro. La anciana apaga la luz y se dispone a abandonar la sala. Entonces, abruptamente, mientras la condesa se desplaza en su silla, vemos la sorpresa y el miedo en su rostro y unas manos le colocan una soga alrededor del cuello. Con una violenta patada a la silla, el asesino hace caer al suelo a Federica y al quedar sus inservibles piernas en vilo, todo el peso de su anciano cuerpo cae sobre la soga. El nudo corredizo hace su función y muere ahorcada tras unos angustiosos segundos de agonía. Mientras se asfixia vemos que tiene los ojos clavados en su asesino. La cámara nos lo muestra sin pudor. Se trata de un caballero atildado que la mira con frialdad mientras saca un paquete de cigarrillos del bolsillo. Toda una declaración de intenciones de Bava que nos muestra ya desde el inicio que esta historia no va a ser ningún giallo al uso con asesino en la sombra.

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Cuando aún no nos hemos recuperado del susto inicial y de la crudeza de la escena, que se desarrolla sin banda sonora, vemos como el asesino es ajusticiado a su vez con varias cuchilladas. Esta vez no se revela identidad del nuevo asesino y el misterio queda en suspenso.

En la siguiente escena entramos en una casa moderna de decoración psicodélica y asistimos a una idílica conversación de almohada entre una pareja: el arquitecto Frank Ventura (Chris Avram) y su secretaria Laura (Anna Maria Rosati). En el diálogo entre los dos amantes se nos va desgranando una trama en la que la propiedad de la bahía es el trofeo final que ha puesto en juego la muerte de la condesa y que todos los personajes se disputan sin ningún escrúpulo al respecto.

 

De un lado tenemos a los citados Frank Ventura y su amante Laura que parecen una pareja de enamorados pero que en realidad son dos sabandijas que no dudan en utilizarse el uno al otro. Por otro lado están los Fossati, un matrimonio formado por Paolo Fossati (Leopoldo Trieste) y Anna Fossati (Laura Betti). Paolo es un entomólogo obsesionado con el estudio de los abundantes insectos de la zona y Anna es una tarotista conectada con el mundo esotérico y que intuye que la muerte se acerca a la bahía. El personaje de Anna nos remite aún al mundo gótico de Bava con sus largos ropajes negros y sus visiones del mundo sobrenatural. Puede considerarse a la tarotista como un personaje bisagra entre el cine que se estaba dejando atrás y el slasher que estaba por llegar.

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Uno de los personajes principales de la trama es Simón, un pescador que vive en una apartada cabaña de la bahía. Es hijo ilegítimo de la condesa Federica y heredero único de los terrenos de la bahía. Su entrada en escena es en un inquietante encuentro con Fossati el entomólogo, donde el guión pone de relieve las personalidades antagónicas de ambos. Fossatti es un hombre de ciencia que no duda en manipular e intervenir en la naturaleza y sus procesos con ánimo investigador y Simón es un ser primitivo que se rige por sus instintos naturales, un personaje brutal que mata a los pulpos que pesca en la bahía de un mordisco. Interesante es el diálogo que mantienen ambos personajes donde Simón dice » Yo mato para comer. Si matase por hobby entonces sería un monstruo». Y cierto es que en este film todos matan, pero movidos por la codicia. No estamos aún ante un Viernes 13 (1978) o un Halloween (1980), donde el motivo de los asesinatos no tiene ninguna importancia en la trama.

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Los últimos personajes en hacer entrada en la historia, hacia la mitad del film, son Renata Donati (Claudine Auger), hijastra de la condesa, y Alfred (Luigi Pistilli) su esposo que llegan a la bahía en una caravana acompañados de sus dos hijos pequeños. Renata al igual que el resto de personajes, ansía poseer la bahía y no dudará en asesinar para conseguirlo. Es una mujer fuerte y dominante que controla a su marido hasta el punto de influenciarlo para que él también manche sus manos de sangre.

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En medio de todo este elenco de personajes que podrían campar a sus anchas por uno de los deliciosos relatos de Agatha Christie nos encontramos con cuatro jóvenes, dos chicos y dos chicas, que incidentalmente van a parar a la bahía para no salir de ella jamás. Los chicos llegan en un llamativo descapotable con la música alta y en busca de diversión. Fatalmente van a topar con la trama de codicias y traiciones que ha detonado la muerte de la condesa a manos de su esposo Filippo Donati (Giovanni Nuvoletti). Los jóvenes hacen un recorrido por la urbanización, pasando por el club nocturno abandonado que Filippo había abierto para rentabilizar los terrenos de la bahía, empresa fallida de la que sólo queda un edificio abandonado y destartalado. Finalmente tres de ellos se cuelan en la casa de Frank Ventura, mientras que la cuarta joven va a darse un baño en la playa. Los cuatro serán los daños colaterales en la cadena de muertes que se sucede en pos de la propiedad de los terrenos. Sus muertes anuncian las que una década más tarde veremos en el campamento de Crystal Lake.

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Sobre todo el asesinato de la pareja que está teniendo sexo y perecen ensartados por una lanza que el asesino les clava mientras están en la cama. Otra de las chicas, el personaje que había ido a bañarse a la playa, nos muestra un desnudo integral muy al gusto del cine italiano setentero y muere con el cuello rebanado por una hoz de labranza después de una persecución con el asesino pisándole los talones muy al estilo de las final girls que estarían por llegar con Jamie Lee Curtis a la cabeza. El cuarto chico muere con un apero clavado en la frente. Son tres de las muertes más gráficas del film sin escatimar en sangre y plasticidad.

 

Con este film estamos asistiendo a la puesta en escena de las bases del subgénero slasher. Si Bava ya sentara cátedra sobre el giallo con La muchacha que sabía demasiado(1962) y Seis mujeres para el asesino (1964), con Bahía de Sangre nuevamente el de San Remo se erige como el padre de todo un subgénero que se desarrollaría al otro lado del charco principalmente una década después. El film al que asistimos es un slasher por el tipo de muertes que acontecen, casi todas con armas blancas o punzantes y además cuatro de las víctimas son jóvenes en actitudes disipadas y relacionadas con el sexo. Otra característica propia del subgénero es que toda la escena se desarrolla en un entorno aislado fuera de la supervisión de la policía y otras autoridades. La acción transcurre en una noche donde los asesinatos se van produciendo sin que sea aún posible la investigación criminal que si encontraríamos en un giallo o un who done it.

 

Aquí es remarcable el uso de la luz solar para mostrarnos el paso del tiempo. Este recurso es captado por la cámara con maestría. El propio Bava es también director de fotografía del film. Al tratarse de una cinta con muchos planos exteriores, el director supo aprovechar el recurso natural que le permitían los cambios de la luz solar, seguramente influenciado por su formación en Bellas Artes y sus conocimientos pictóricos. Nuevamente aquí hay que destacar la influencia posterior en otros films, cuando observamos el paralelismo que hay en la persecución de la chica que sale de darse un baño en la bahía, rodada con el sol cayendo en el ocaso y la escena final de La matanza de Texas (1974) donde la final girl huye de Leatherface con un sol que está saliendo esta vez.

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Otro de los aciertos visuales del film es mostrarnos con cámara subjetiva el ansía con que todos los personajes se espían unos a otros. Todos son voyeurs de las acciones de los otros y cada acción de cada uno de los personajes influye en las decisiones de los otros, formándose así un entramado de asesinatos en cadena cuyo motor podría ser la codicia.

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También se insinúa la idea de que la bahía, como otro ser más de la trama, esté condicionando sus actos e imbuyendo a todos los personajes de una sed de sangre que les hace eliminarse los unos a los otros en un juego de traiciones que finalmente ganará la bahía, que quiere seguir como está sin la acción de la mano del hombre que deseoso de enriquecerse no hubiese dudado en explotarla y cubrirla de cemento exterminando su belleza natural y la vida que habita en ella. Una vez más, igual que en otros films posteriores de la época como No profanar el sueño de los muertos (Jordi Grau, 1974), se insinúa la rebelión de un medio natural ante la explotación por parte del hombre.

Y es en el cierre del film donde Mario Bava impone su visión irónica de toda la historia, algo lastrada por el innecesariamente enrevesado tejido de traiciones con algún que otro fallo de guión, haciendo que no haya ningún vencedor en la carrera por la bahía y ajusticiando a manos de sus propios hijos al matrimonio formado por Renata y Alfred, el dúo más letal del film. De tal palo, tal astilla.

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Dellamorte dellamore de Michele Soavi (1994)

En 1994 el cine de terror italiano estaba dando sus últimos coletazos. Darío Argento había perdido el punch de obrad icónicas como Suspiria o Rojo oscuro. El cineasta romano se encontraba en pleno affaire con la tv con la serie Masters of horror.

Lamberto Bava, otro de los tótems con sus reclamadas Demons y Demons 2, también estaba coqueteando con la caja tonta con Desideria y el dragón del anillo que se estrenó en tv en 1994.

En ese clima de muerte anunciada, Michele Soavi estrena su Dellamorte dellamore, a modo de epitafio de varias décadas de oro del terror italiano.

Para Soavi suponía su cuarta película en la gran pantalla, su obra más personal, «una película casi de autor» como él mismo la calificaría años más tarde.

Tras dirigir un slasher y dos títulos de género, bajo los auspicios de Argento y Joe D’ Amato, el cineasta se desmarca y lleva a la gran pantalla una libre adaptación de las aventuras del personaje de cómic Dylan Dog de Tiziano Sclavi.

Dellamorte dellamore, conocida en España con la infame traducción «Mi novia es un zombi» narra las andanzas de Francesco Dellamorte, interpretado por un Rupert Everett post-romántico y atormentado y su ayudante Gnachi interpretado por Françoise Hadji-Lazaro, personaje que nos recuerda a las primeras películas de Jean-Jacques Annaud (el actor participó en La ciudad de los niños perdidos)

Ambos personajes se encargan del cuidado del cementerio de Buffalora, pequeño pueblo del norte de Italia. Además de las tareas usuales de mantenimiento y entierro de los difuntos, también dan muerte definitiva a los cuerpos enterrados que reviven a los siete días de recinir sepultura no se sabe muy bien por qué.

Francesco pasa sus melancólicos días entre disparos a zombis y deprimentes conversaciones telefónicas con su amigo Franco, un funcionario municipal que vive en el pueblo. Gnachi, su ayudante, le acompaña comiendo spaghetti, viendo la tv y pronunciando ocasionalmente «gna», la única sílaba que es capaz de vocalizar.

Todo cambia en la vida de Dellamorte cuando en un entierro conoce a una viuda joven y despampanante que despierta su pasión a primera vista. Dicho personaje, interpretado por Anna Falchi, modelo y actriz y muy popular en la Italia de la época, encarna a la donna sensual italiana carnal e inalcanzable.

El resto del elenco lo compone un reparto de secundarios, arquetipos de la iconigrafía italiana al más puro estilo Fellini, como el alcalde corrupto, al que sólo le interesa su campaña electoral, el cura del pueblo, la hija del alcalde, una joven ingenua y dulce, que será el interés romántico de Gnachi, y un grupo de jóvenes camorristas que circulan por el pueblo con sus ruidosas motos.

La primera parte del film hay que entenderla como un homenaje a la imaginería gótica más clásica presente en títulos como La máscara del demonio de Mario Bava y en relatos y poemas de los clásicos como Poe y Baudelaire. Estéticamente la película es a ratos un film gótico ds manual con las tumbas siempre presentes, la niebla, los juegos fatuos y el osario, donda la viuda interpretada por Falchi se revela como una necrófila que cae en brazoa de Francesco en una escena mórbida a la par que cómica.

En la parte central del film, tras consumar su pasión con la viuda sobre la lápida del difunto, hay un giro fallido que intenta convertir a Francesco en un héroe de acción que mata zombis a tiros. Todo ello mezclado con dosis de humor negro. En una escena memoable, la propia Muerte se aparece al enterrador para increparle por matar a los «revividos» y le pide que se ocupe de los vivos. Llegados a es punto, la película se desboca y los zombis se multiplican. Tras un aparatoso accidente en el que se ven implicados los motoristas y un autobús de boy scouts, los cadáveres llegan masivamente al cementerio y Dellamorte tiene que enfrentarse a varios zombis en algunas escenas dantescas. A destacar es la lucha con los zombis boy scouts que acosan la vivienda del sepulturero. Gnachi también tiene su ración de protagonismo en esta parte ya que espera con ansia el revivir zombi de su amor platónico, la hija del alcalde, que también ha muerto decapitada en el accidente. Cuando la joven vuelve a la «no muerte» Gnachi se lleva la cabeza de la chica para cantarle su amor con un violín fabricado con un ataud.

En esta parte de ritmo in crescendo, Soavi haciendo un guiño a Demons y Bava, que había sido su mentor. Uno de los zombis resucita de la tumba montado en su motocicleta a ritmo de guitarras rockeras emulando a Urbano Barberini y su espada mata-zombis en el Metropol de Berlín.

En definitiva, Dellamorte dellamore intenta recoger la tradición del terror más clásico de Mario Bava y lo pasanpor el filtro de autores más modernos como Dario Argento, Joe D’Amato y Lamberto Bava. Como alumno de una generación de autores de cine de género que han perdido fuelle, Soavi recoge el testigo y pone el broche final a un cine italiano que agoniza. Su propuesta es un film irregular que homenajea, pero también lleva a la pantalla las obsesiones personales de un autor interesado en el simbolismo y el mundo esotérico.

La tesis fundamental del film es la sempiterna relación entre Eros y Tánathos, el amor necrófilo de los post-románticos, cuyo objeto de deseo es la mujer inalcanzable y cercana a la muerte, el rayo de luna que se escapa entre los dedos del poeta, aquí encarnado por un sepulturero nihilista con una musa carnal y deseable primero; monstruo seductor después. Esta idea se ve reforzada por el retorno de Anna Falchi encarnada en otro personaje, una mujer independiente y moderna que aparece nuevamente en la vida de Francesco para volvérsele a escapar eternamente.

Soavi que había trabajado a las órdenes del maestro Argento y también para el artesano Joe D’Amato da muestra de ambas vertientes fílmicas. Toda la primera parte es un ejercicio de estilo regular donde se muestra con acierto una presentación de personajes en un ambiente gótico y sombrío, pero también cómico y de un profundo nihilismo, encarnado sobre todo en la figura de Francesco. La flaqueza del film es que Soavi se pierde en el desarrollo de la trama, dándonos una sensación de barco a la deriva que no sabemos muy bien a donde quiere ir a parar.

Desde luego, el film da lo que promete «guns, zombis and sex» pero no al nivel de diversión que se espera. No estamos ante un Demons ni tampoco ante un título de Argento con su profundidad y sus sutilezas artísticas, aunque Soavi logra un producto con un estilo totalmente personal.

Nos quedamos con la visión de un Rupert Everett que no ha vuelto a encarnar un personaje tan interesante ni carismático y una ambientación gótica que nos lleva a los escenarios sombríos donde hubiesen deambulado Poe y Baudelaire.