Ánimas (2018) de José F. Ortuño y Laura Alvea

 

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Hay poco cine español de terror en los tiempos que corren y rodar en España no es rodar en Hollywood ni contar con sus medios de producción ni sus presupuestos. Es un hecho. Lejos quedó aquella época dorada de mediados de los años 70 y principios de los 80 donde el fantaterror español pegaba fuerte dentro y fuera de nuestras fronteras.  En el año 2000 la Fantastic Factory también parecía que iba a dar un impulso al género con películas rodadas en inglés y personalidades como Jaume Balagueró y Brian Yuzna pero el intento no acabó de despegar. Al margen de gigantes del cine como J.A. Bayona o Alejandro Amenábar el terror en este país no ha dado grandes títulos últimamente para el público más mainstream que acude el fin de semana a las multi-salas. Por todo esto, que dos autores españoles se interesen por el género siempre es una buena noticia para los que somos fans confesos y sin complejos.

Ánimas es una película irregular que peca de los típicos excesos de directores primerizos, aunque Ortuño y Alvea no lo sean tanto. De este aire amateur quizá tenga algo de culpa el hecho de la que la historia rondaba en la cabeza de Ortuño desde hace más de una década. El director sevillano quería plasmar esta historia en imágenes ya a principios de la década de los años 2000, pero no encontró la manera de desarrollar un proyecto tan ambicioso. En 2004 publicó la historia en forma de novela.

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Después de labrarse una carrera como realizadores de ficciones y también documentales, se dieron las condiciones propicias y la financiación necesaria para llevar la historia a la gran pantalla. 

Ánimas narra la amistad entre Álex (Clare Durant) y Abraham (Iván Pellicer), dos adolescentes a punto de entrar en el mundo adulto con sus luchas y sus contradicciones. Álex es una joven fuerte y segura de sí misma. Abraham es un chico tímido e inseguro con una familia disfuncional. El conflicto llegará cuando Abraham se empareje con Anchi (Chacha Huang) y Álex empiece a tener terribles visiones que la hacen vivir en un limbo entre realidad y pesadilla. 

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El prólogo inicial es una poética escena con reverso tenebroso donde Álex, con 7-8 años, sube las escaleras del edificio donde viven ambos y se encuentra a Abraham sentado en los escalones del rellano, en pijama y huyendo de la fuerte discusión que tienen sus padres. Toda la puesta en escena es onírica con una iluminación que más tarde veremos que sirve como reflejo del estado de ánimo de los personajes, que late a compás de sus sentimientos. Aquí, en la escalera en espiral con la lluvia de fondo en una noche oscura y desapacible, Álex entra en la vida de Abraham como un rayo de luz que le salva del horror que hay de puertas para dentro. 

El problema es que toda esta magia inicial se rompe cuando saltamos diez años después a los títulos iniciales que nos bombardean con imágenes en montaje sincopado de los jóvenes en el instituto de secundaria, dándole a toda esta escena un aire de película noventera de la peor calaña. 

La primera parte es la más irregular del film, pero se salva por el precioso prólogo en el rellano y una fotografía que brilla por el uso del color haciendo que algunas escenas sean apocalípticas, de tensión a punto de estallar, como la de la conversación en el patio del instituto de los dos adolescentes. Aquí el ambiente aún se está preparando para introducirnos en el mundo de pesadilla en el que vivirán los personajes.

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Los catalizadores de toda esta hostilidad serán el padre de Abraham (Luis Bermejo) con estallidos de violencia y constantes palizas a su familia; y Anchi , la novia del chico, que abre una brecha en su amistad con Álex. Las referencias cinéfilas a los años 90 se suceden en esta parte trayéndonos a la memoria títulos como Pesadilla en Elm Street y El sexto sentido. El propio Abraham es fan de las películas de terror y se muestra en las paredes de su habitación con pósters de peliculas como Psicosis

El lastre más peligroso de esta parte, que puede hacer abandonar su visionado a más de un espectador, es que según va avanzando la pesadilla de Álex la historia se vuelve repetitiva y no acaba de lucirse en el desarrollo de los personajes y sus motivaciones. Vemos no menos de tres escenas delirantes, casi seguidas, de Álex frente al espejo y en la ducha (Psicosis y El resplandor también), acechada por una sombra que proporciona algún susto facilón. 

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La segunda parte juega al despiste con el espectador. El peso de la sospecha de la locura de Álex y su comportamiento perturbado se desplaza y recae sobre Abraham. El chico empieza a mostrarse taciturno, reservado y esquivo con su amiga. Álex está viviendo una pesadilla donde han desaparecido su madre, su perro y hasta sus muebles pero su mejor amigo la ignora y sólo escucha a Anchi, su novia. Aquí hay que destacar de nuevo el uso del cromatismo para recrear un ambiente tenebroso donde Álex está aislada por la indiferencia de su amigo que la recibe en su cuarto iluminado por tonos fríos y azulados. 

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El “momento archivo” (así le llamamos en Morellandia al momento en que se desvela a los personajes y al espectador el misterio de una historia) llega después de que Álex suba y baje, entre  y salga de su casa y de la de Abraham en un juego de puertas que se abren a sitios imposibles, cual Alicia tras el Sombrerero o heroína noventera que huye de Freddy Krueger. Todo se revela con un manual de psicología en la mano y las teorías de Carl Jung que dan titulo al film. Y hasta ahí podemos leer sin caer en el spoiler que tanto interés le restaría a la trama de esta película. A partir de aquí el guión se convierte en un thriller donde la tensión y el suspense están bien ejecutados. Cada escena de este mundo de pesadilla es un desfile por homenajes (y no plagios, señores) de referencias míticas para la memoria cinéfila. Después de este tour de force toda la historia queda hilvanada en un final que se empeña en ser demasiado cerrado y explicado.

Ánimas se explica al final como una historia sobre el miedo: a tener miedo,  a crecer, a la muerte y a todas las responsabilidades que conlleva dejar atrás al niño y enfrentarse al mundo adulto. Pese a ser una historia irregular con un cierto aire amateur y una primera parte que cae en la repetición, tiene puntos fuertes como su preciosa fotografía cromática, los cuidados efectos especiales y su capacidad de crear un ambiente oscuro y opresivo al más puro estilo del David Fincher de los años 90. Es un honesto homenaje al cine de terror de un fan confeso que la ha dirigido desde las tripas y echando el resto. 

 

 

 

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