El gran dios Pan (Arthur Machen, 1849)

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Considerado uno de los maestros de Lovecraft, si la literatura de Arthur Machen ha llegado a nuestros días ha sido en gran parte gracias a la influencia que ejerció sobre el creador de Los mitos de Cthuthu. Hijo de un pastor anglicano y con una infancia pobre, Machen, se vió obligado a dejar sus adorados bosques galeses para buscar fortuna en Londres. Intentó entrar en la universidad para estudiar medicina, pero suspendió el examen de acceso. En Londres tuvo diversos oficios como profesor y empleado de imprenta, pero principalmente fue periodista, profesión que odiaba. Más tarde se casó con Amelia Hogg, una actriz de teatro que frecuentaba la vida bohemia y círculos de artistas y literatos. Esta vida social le llevó a entrar en contacto la famosa orden esotérica Golden Dawn.En Machen convivían en perfecta harmonía el hombre religioso y el curioso aficionado al ocultismo en su faceta más sensualista.machen

El volumen que nos ocupa contiene cuatro relatos muy similiares entre sí en cuanto a temática. Nos desvelan las obsesiones del autor por el mundo esotérico sin perder de vista una moralidad didáctica. Se nos avisa de que si levantamos el velo del misterio nos destruiremos irremediablemente en cuerpo y alma.
El gran dios Pan, su obra más conocida, está narrada con una estructura casi Rashomon donde cada uno de los personajes cuenta una parte diferente de la historia. El nexo común son las vivencias de Mary, Helen V… la misma mujer que va cambiando su identidad y extendiendo un reguero de muertes y más tarde suicidios en Londres.
Las mujeres que aparecen en los relatos de Machen siguen siendo depositarias de la belleza, pero también del mal que halla en ellas un vehículo para emerger. En El gran dios Pan, Mary es utilizada por su benefactor y tutor, el doctor Raymond, para su experimento sin que la joven se oponga, ni tenga voluntad propia u opinión en el trance. Igual sucede en el siguiente relato, Luz interior, donde el doctor Black experimenta con su esposa, temerosa, pero finalmente dócil y víctima del ansia de saber de su esposo.medicina 19

En La novela del sello negro se narran las vicisitudes de una joven que queda huérfana y desvalida en medio del Londres cruel e invernal, constante en toda la obra del autor. La joven es recogida literalmente de la calle, donde había decidido por voluntad propia morir de inanición. Su salvador es un médico viudo que necesita una institutriz para sus dos hijos. Finalmente la chica acaba convirtiéndose en la secretaria del doctor, especializado en geología y obsesionado con una piedra negra y sus pictogramas. Nos hallamos aquí ante un relato digno de una trama de un Indiana Jones de época, pero con tintes mucho más tenebrosos y sin el sentido aventurero y lúdico del arqueólogo.
Para Machen hurgar demasiado en el misterio tiene consecuencias que suelen acabar en desapariciones y tragedias inexplicadas. Los personajes masculinos son casi siempre hombres de ciencia que se debaten entre su curiosidad por lo esotérico y su prevención ante lo oculto y transgresor, temerosos de traspasar la barrera, pero que irremediablemente acaban traspasándola.
El último de los relatos, La historia del polvo blanco (no sabemos si se trata de un eufemismo para hablar del opio que se fumaba en el Londres victoriano) es muy similar al de Luz Interior, pero aquí no hay doctores experimentando con sus esposas ni con jovencitas recogidas del arroyo. Aquí, un joven de buena familia, Francis Leicester, empieza a consumir lo que creía que era un tónico de quinina, recetado por un médico respetable, para sacarle de su obsesión por el estudio. Francis acaba convirtiéndose en un yonki accidental del Vinnum Sabati, el polvo que añadían las brujas al vino en sus aquelarres para entonarse. Esto evidentemente traerá funestas consecuencias, con su hermana como testigo doliente de todo el proceso.aquelarre

La obra de Machen es considerada como precursora del horror cósmico que más tarde desarrollaría Lovecraft. El relato sale del castillo gótico y se va a la ciudad. La urbe se trata de un Londres hostil y lleno de recovecos donde acecha lo oculto, lo interesante, pero también el mal, un mal intemporal y primigenio que está bajo la superficie de las cosas. Machen, como inadaptado a la vida de ciudad siempre muestra su añoranza por la campiña galesa donde nació con sus bosques, sus ruinas romanas y sus viejas leyendas celtas con dioses paganos como Pan. Esto se muestra muy claramente en La novela del sello negro, cuando los personajes se trasladan al campo y se menciona la existencia de una raza de seres mágicos, terribles y ancestrales que hablan un idoma extinto y sobrecogedor. El protagonista cree en la existencia de elfos y hadas que las leyendas populares han dotado de belleza y bondad para ocultar el temor que sienten por su verdadera naturaleza. Los elfos y las hadas son en realidad seres crueles y horribles a los que hay que temer y evitar.


Machen era un hombre educado en la religión y con una formación clásica. De ahí, el moralismo presente en toda su obra, cosa que no evitó que algunos de sus relatos fuesen censurados en su época. Para el lector actual, acostumbrado a que se le muestre mucho más de lo que se insinúa, los relatos de este escritor galés son demasiado elípticos ya que no terminan de mostrar el verdadero horror, sino que lo insinúan. El ritmo pausado de la narración aconseja también acercarse a la obra de Machen con la cabeza bien despierta. Gracias a este galés, además de la obra de otros autores como Robert W. Chambers (autor de El rey amarillo) ha llegado hasta nuestros días la fascinación por el paganismo en el género de terror, que ha impregnado también al celuloide con productos tan actuales como True detective y Hereditary o la muy esperada Midsommar. Mientras tanto, no molestemos al dios Pan.

Ánimas (2018) de José F. Ortuño y Laura Alvea

 

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Hay poco cine español de terror en los tiempos que corren y rodar en España no es rodar en Hollywood ni contar con sus medios de producción ni sus presupuestos. Es un hecho. Lejos quedó aquella época dorada de mediados de los años 70 y principios de los 80 donde el fantaterror español pegaba fuerte dentro y fuera de nuestras fronteras.  En el año 2000 la Fantastic Factory también parecía que iba a dar un impulso al género con películas rodadas en inglés y personalidades como Jaume Balagueró y Brian Yuzna pero el intento no acabó de despegar. Al margen de gigantes del cine como J.A. Bayona o Alejandro Amenábar el terror en este país no ha dado grandes títulos últimamente para el público más mainstream que acude el fin de semana a las multi-salas. Por todo esto, que dos autores españoles se interesen por el género siempre es una buena noticia para los que somos fans confesos y sin complejos.

Ánimas es una película irregular que peca de los típicos excesos de directores primerizos, aunque Ortuño y Alvea no lo sean tanto. De este aire amateur quizá tenga algo de culpa el hecho de la que la historia rondaba en la cabeza de Ortuño desde hace más de una década. El director sevillano quería plasmar esta historia en imágenes ya a principios de la década de los años 2000, pero no encontró la manera de desarrollar un proyecto tan ambicioso. En 2004 publicó la historia en forma de novela.

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Después de labrarse una carrera como realizadores de ficciones y también documentales, se dieron las condiciones propicias y la financiación necesaria para llevar la historia a la gran pantalla. 

Ánimas narra la amistad entre Álex (Clare Durant) y Abraham (Iván Pellicer), dos adolescentes a punto de entrar en el mundo adulto con sus luchas y sus contradicciones. Álex es una joven fuerte y segura de sí misma. Abraham es un chico tímido e inseguro con una familia disfuncional. El conflicto llegará cuando Abraham se empareje con Anchi (Chacha Huang) y Álex empiece a tener terribles visiones que la hacen vivir en un limbo entre realidad y pesadilla. 

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El prólogo inicial es una poética escena con reverso tenebroso donde Álex, con 7-8 años, sube las escaleras del edificio donde viven ambos y se encuentra a Abraham sentado en los escalones del rellano, en pijama y huyendo de la fuerte discusión que tienen sus padres. Toda la puesta en escena es onírica con una iluminación que más tarde veremos que sirve como reflejo del estado de ánimo de los personajes, que late a compás de sus sentimientos. Aquí, en la escalera en espiral con la lluvia de fondo en una noche oscura y desapacible, Álex entra en la vida de Abraham como un rayo de luz que le salva del horror que hay de puertas para dentro. 

El problema es que toda esta magia inicial se rompe cuando saltamos diez años después a los títulos iniciales que nos bombardean con imágenes en montaje sincopado de los jóvenes en el instituto de secundaria, dándole a toda esta escena un aire de película noventera de la peor calaña. 

La primera parte es la más irregular del film, pero se salva por el precioso prólogo en el rellano y una fotografía que brilla por el uso del color haciendo que algunas escenas sean apocalípticas, de tensión a punto de estallar, como la de la conversación en el patio del instituto de los dos adolescentes. Aquí el ambiente aún se está preparando para introducirnos en el mundo de pesadilla en el que vivirán los personajes.

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Los catalizadores de toda esta hostilidad serán el padre de Abraham (Luis Bermejo) con estallidos de violencia y constantes palizas a su familia; y Anchi , la novia del chico, que abre una brecha en su amistad con Álex. Las referencias cinéfilas a los años 90 se suceden en esta parte trayéndonos a la memoria títulos como Pesadilla en Elm Street y El sexto sentido. El propio Abraham es fan de las películas de terror y se muestra en las paredes de su habitación con pósters de peliculas como Psicosis

El lastre más peligroso de esta parte, que puede hacer abandonar su visionado a más de un espectador, es que según va avanzando la pesadilla de Álex la historia se vuelve repetitiva y no acaba de lucirse en el desarrollo de los personajes y sus motivaciones. Vemos no menos de tres escenas delirantes, casi seguidas, de Álex frente al espejo y en la ducha (Psicosis y El resplandor también), acechada por una sombra que proporciona algún susto facilón. 

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La segunda parte juega al despiste con el espectador. El peso de la sospecha de la locura de Álex y su comportamiento perturbado se desplaza y recae sobre Abraham. El chico empieza a mostrarse taciturno, reservado y esquivo con su amiga. Álex está viviendo una pesadilla donde han desaparecido su madre, su perro y hasta sus muebles pero su mejor amigo la ignora y sólo escucha a Anchi, su novia. Aquí hay que destacar de nuevo el uso del cromatismo para recrear un ambiente tenebroso donde Álex está aislada por la indiferencia de su amigo que la recibe en su cuarto iluminado por tonos fríos y azulados. 

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El «momento archivo» (así le llamamos en Morellandia al momento en que se desvela a los personajes y al espectador el misterio de una historia) llega después de que Álex suba y baje, entre  y salga de su casa y de la de Abraham en un juego de puertas que se abren a sitios imposibles, cual Alicia tras el Sombrerero o heroína noventera que huye de Freddy Krueger. Todo se revela con un manual de psicología en la mano y las teorías de Carl Jung que dan titulo al film. Y hasta ahí podemos leer sin caer en el spoiler que tanto interés le restaría a la trama de esta película. A partir de aquí el guión se convierte en un thriller donde la tensión y el suspense están bien ejecutados. Cada escena de este mundo de pesadilla es un desfile por homenajes (y no plagios, señores) de referencias míticas para la memoria cinéfila. Después de este tour de force toda la historia queda hilvanada en un final que se empeña en ser demasiado cerrado y explicado.

Ánimas se explica al final como una historia sobre el miedo: a tener miedo,  a crecer, a la muerte y a todas las responsabilidades que conlleva dejar atrás al niño y enfrentarse al mundo adulto. Pese a ser una historia irregular con un cierto aire amateur y una primera parte que cae en la repetición, tiene puntos fuertes como su preciosa fotografía cromática, los cuidados efectos especiales y su capacidad de crear un ambiente oscuro y opresivo al más puro estilo del David Fincher de los años 90. Es un honesto homenaje al cine de terror de un fan confeso que la ha dirigido desde las tripas y echando el resto. 

 

 

 

30 días, 1 historia: Marzo

En Marzo recomendamos acercarse a este clásico imprescindible de la literatura fantástica que nos va a llevar de viaje a mundos góticos y maravillosos a partes iguales.

Jan Potocki, conde de origen polaco, viajero, científico, historiador, artista y ante todo aventurero, recorrió buena parte del mundo oriental y occidental con una curiosidad y un espíritu libertario excepcional para su época.

Proveniente de una familia muy acaudalada Potocki pudo dedicarse a viajar e investigar, llegando a ser consejero privado del zar de Rusia Alejandro I. Autor políglota escribió el Manuscrito en francés, idioma emblema de la cultura y la erudición. La obra se publicó en dos partes. La primera con el título de «Los 10 días de la vida de Alfonso Van Worden» entre 1804-1805 y la segunda parte «Avadoro, una historia española» en 1815.

La acción transcurre en 1715. Alfonso Van Worden tiene que atravesar a caballo la Sierra Morena de Andalucía para llegar a Madrid donde le esperan para enrolarse como capitán de la Guardia Valona (cuerpo de élite al servicio de Felipe V). En su viaje vivirá mil aventuras cruzándose en el camino con princesas árabes, bandoleros, gitanos, cabalistas y hasta endemoniados. Una de las primeras aventuras ocurre la primera noche que pasa en la Venta quemada, un lugar con fama de encantado, donde tiene un encuentro amoroso con Emina y Zibedea, dos princesas árabes hermanas, casualmente primas lejanas de Alfonso. Las dos hermanas tienen una relación tan estrecha y cordial que no les importa «compartir marido» y así sucede esa noche que pasan los tres juntos. Al final de la velada, Alfonso amanece al pie de la horca entre los cadáveres putrefactos de dos bandoleros ahorcados, los hermanos Zoto. 

En la primera parte todas las aventuras suelen acabar con nuestro protagonista despertándose al pie de la horca. Llega un punto en que el propio Alfonso duda de lo que ven sus ojos y se cuestiona si vive en una ficción creada por su propia mente o es víctima de algún embrujo. 

La segunda parte empieza con la narración de la historia de la vida de Avadoro, un patriarca gitano al que Alfonso conoce cuando se está alojando en el castillo de unas cabalistas. Aquí las narraciones pierden el cariz fantástico para centrarse más en historias de nobles y amores cortesanos. 

Toda la obra utiliza la estructura de historia dentro de historia o narración enmarcada donde unos personajes narran historias a otros y algunas de las historias acaban entrelazándose, pero de una manera magistral que hace que el lector no llegue nunca a perder el hilo de la narración. El libro tiene algunas escenas transgresoras para la época como la escena lésbica e incestuosa entre las dos hermanas árabes. También hay ironía al hablar de las creencias de algunos representantes de la iglesia como el ermitaño que quiere salvar de la condenación al endemoniado Pacheco, mientras nuestro protagonista se mofa de que existan los endemoniados. 

¿Por qué hay que leerlo? Es una obra clave en la construcción del género fantástico, un derroche de imaginación y sentido aventurero que os va a volar la cabeza, amigos de la posmodernidad. Potocki, armado con su verborrea narrativa es capaz de transportarnos a situaciones hilarantes y fantasmagóricas. No en vano, teóricos del género como Todorov lo escogen como obra cumbre para teorizar sobre el género fantástico. 

¿Algún problema? Todo el libro es una obra preciosista y desde ya proclamo que debería ser materia de estudio obligatoria en la Educación Secundaria (si el Quijote lo es, Potocki también puede). El pero es que en la segunda parte la narración pierde fuelle y algunas historias se vuelven repetitivas y menos interesantes, para la que suscribe al menos, porque se alejan del género fantástico. Vamos, que no es un libro de Stephen King ni os vais a llevar sustos que os hagan saltar del asiento. En 1815 el género fantástico funcionaba de otra manera y aún estaba muy ligado a mundos más maravillosos que tenebrosos. 

Como curiosidad morbosa, por si aún no os convence, contaros que Potocki se suicidó de un tiro en la sien después de acabar de escribir esta obra. Había invertido un tiempo de su vida en limar una bala de plata para que cupiese en su pistola. Cuentan las malas lenguas que se le había metido en la sesera la idea de que se estaba convirtiendo en hombre lobo y de ahí la bala de plata.