Bahía de Sangre (1971) de Mario Bava

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En 1971 tras dirigir varios giallos Mario Bava abre el camino a los inicios del slasher con Bahía de sangre. El considerado como uno de los padres del cine de terror italiano se ha desmarcado de las ficciones góticas hace tiempo. En esta ocasión rueda un film que no sólo está fuera de las paredes del castillo medieval, sino que el entorno natural tiene una presencia palmaria. No en vano el título original de la cinta es “L´ecologia del delitto”. La trama argumental con guión del propio Bava, Filippo Ottoni y Giuseppe Zaccariello nos narra una historia de herencias, codicias y traiciones con un reparto coral donde nadie es de fiar y todos se disputan la bahía que da título al film.

La escena inicial muestra en pantalla una de las muertes mejor narradas visualmente dentro del cine de género de la época. Vemos a la anciana condesa Federica Donati (Isa Miranda) deambular en silla de ruedas por un salón lujosamente amueblado, mientras una melancólica banda sonora la acompaña. Afuera llueve y la condesa contempla con tristeza la casa que hay al otro lado de la bahía, donde se ve una ventana iluminada. Después, se mira con resignación en el espejo contemplando quizá el paso del tiempo en su rostro. La anciana apaga la luz y se dispone a abandonar la sala. Entonces, abruptamente, mientras la condesa se desplaza en su silla, vemos la sorpresa y el miedo en su rostro y unas manos le colocan una soga alrededor del cuello. Con una violenta patada a la silla, el asesino hace caer al suelo a Federica y al quedar sus inservibles piernas en vilo, todo el peso de su anciano cuerpo cae sobre la soga. El nudo corredizo hace su función y muere ahorcada tras unos angustiosos segundos de agonía. Mientras se asfixia vemos que tiene los ojos clavados en su asesino. La cámara nos lo muestra sin pudor. Se trata de un caballero atildado que la mira con frialdad mientras saca un paquete de cigarrillos del bolsillo. Toda una declaración de intenciones de Bava que nos muestra ya desde el inicio que esta historia no va a ser ningún giallo al uso con asesino en la sombra.

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Cuando aún no nos hemos recuperado del susto inicial y de la crudeza de la escena, que se desarrolla sin banda sonora, vemos como el asesino es ajusticiado a su vez con varias cuchilladas. Esta vez no se revela identidad del nuevo asesino y el misterio queda en suspenso.

En la siguiente escena entramos en una casa moderna de decoración psicodélica y asistimos a una idílica conversación de almohada entre una pareja: el arquitecto Frank Ventura (Chris Avram) y su secretaria Laura (Anna Maria Rosati). En el diálogo entre los dos amantes se nos va desgranando una trama en la que la propiedad de la bahía es el trofeo final que ha puesto en juego la muerte de la condesa y que todos los personajes se disputan sin ningún escrúpulo al respecto.

 

De un lado tenemos a los citados Frank Ventura y su amante Laura que parecen una pareja de enamorados pero que en realidad son dos sabandijas que no dudan en utilizarse el uno al otro. Por otro lado están los Fossati, un matrimonio formado por Paolo Fossati (Leopoldo Trieste) y Anna Fossati (Laura Betti). Paolo es un entomólogo obsesionado con el estudio de los abundantes insectos de la zona y Anna es una tarotista conectada con el mundo esotérico y que intuye que la muerte se acerca a la bahía. El personaje de Anna nos remite aún al mundo gótico de Bava con sus largos ropajes negros y sus visiones del mundo sobrenatural. Puede considerarse a la tarotista como un personaje bisagra entre el cine que se estaba dejando atrás y el slasher que estaba por llegar.

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Uno de los personajes principales de la trama es Simón, un pescador que vive en una apartada cabaña de la bahía. Es hijo ilegítimo de la condesa Federica y heredero único de los terrenos de la bahía. Su entrada en escena es en un inquietante encuentro con Fossati el entomólogo, donde el guión pone de relieve las personalidades antagónicas de ambos. Fossatti es un hombre de ciencia que no duda en manipular e intervenir en la naturaleza y sus procesos con ánimo investigador y Simón es un ser primitivo que se rige por sus instintos naturales, un personaje brutal que mata a los pulpos que pesca en la bahía de un mordisco. Interesante es el diálogo que mantienen ambos personajes donde Simón dice ” Yo mato para comer. Si matase por hobby entonces sería un monstruo”. Y cierto es que en este film todos matan, pero movidos por la codicia. No estamos aún ante un Viernes 13 (1978) o un Halloween (1980), donde el motivo de los asesinatos no tiene ninguna importancia en la trama.

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Los últimos personajes en hacer entrada en la historia, hacia la mitad del film, son Renata Donati (Claudine Auger), hijastra de la condesa, y Alfred (Luigi Pistilli) su esposo que llegan a la bahía en una caravana acompañados de sus dos hijos pequeños. Renata al igual que el resto de personajes, ansía poseer la bahía y no dudará en asesinar para conseguirlo. Es una mujer fuerte y dominante que controla a su marido hasta el punto de influenciarlo para que él también manche sus manos de sangre.

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En medio de todo este elenco de personajes que podrían campar a sus anchas por uno de los deliciosos relatos de Agatha Christie nos encontramos con cuatro jóvenes, dos chicos y dos chicas, que incidentalmente van a parar a la bahía para no salir de ella jamás. Los chicos llegan en un llamativo descapotable con la música alta y en busca de diversión. Fatalmente van a topar con la trama de codicias y traiciones que ha detonado la muerte de la condesa a manos de su esposo Filippo Donati (Giovanni Nuvoletti). Los jóvenes hacen un recorrido por la urbanización, pasando por el club nocturno abandonado que Filippo había abierto para rentabilizar los terrenos de la bahía, empresa fallida de la que sólo queda un edificio abandonado y destartalado. Finalmente tres de ellos se cuelan en la casa de Frank Ventura, mientras que la cuarta joven va a darse un baño en la playa. Los cuatro serán los daños colaterales en la cadena de muertes que se sucede en pos de la propiedad de los terrenos. Sus muertes anuncian las que una década más tarde veremos en el campamento de Crystal Lake.

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Sobre todo el asesinato de la pareja que está teniendo sexo y perecen ensartados por una lanza que el asesino les clava mientras están en la cama. Otra de las chicas, el personaje que había ido a bañarse a la playa, nos muestra un desnudo integral muy al gusto del cine italiano setentero y muere con el cuello rebanado por una hoz de labranza después de una persecución con el asesino pisándole los talones muy al estilo de las final girls que estarían por llegar con Jamie Lee Curtis a la cabeza. El cuarto chico muere con un apero clavado en la frente. Son tres de las muertes más gráficas del film sin escatimar en sangre y plasticidad.

 

Con este film estamos asistiendo a la puesta en escena de las bases del subgénero slasher. Si Bava ya sentara cátedra sobre el giallo con La muchacha que sabía demasiado(1962) y Seis mujeres para el asesino (1964), con Bahía de Sangre nuevamente el de San Remo se erige como el padre de todo un subgénero que se desarrollaría al otro lado del charco principalmente una década después. El film al que asistimos es un slasher por el tipo de muertes que acontecen, casi todas con armas blancas o punzantes y además cuatro de las víctimas son jóvenes en actitudes disipadas y relacionadas con el sexo. Otra característica propia del subgénero es que toda la escena se desarrolla en un entorno aislado fuera de la supervisión de la policía y otras autoridades. La acción transcurre en una noche donde los asesinatos se van produciendo sin que sea aún posible la investigación criminal que si encontraríamos en un giallo o un who done it.

 

Aquí es remarcable el uso de la luz solar para mostrarnos el paso del tiempo. Este recurso es captado por la cámara con maestría. El propio Bava es también director de fotografía del film. Al tratarse de una cinta con muchos planos exteriores, el director supo aprovechar el recurso natural que le permitían los cambios de la luz solar, seguramente influenciado por su formación en Bellas Artes y sus conocimientos pictóricos. Nuevamente aquí hay que destacar la influencia posterior en otros films, cuando observamos el paralelismo que hay en la persecución de la chica que sale de darse un baño en la bahía, rodada con el sol cayendo en el ocaso y la escena final de La matanza de Texas (1974) donde la final girl huye de Leatherface con un sol que está saliendo esta vez.

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Otro de los aciertos visuales del film es mostrarnos con cámara subjetiva el ansía con que todos los personajes se espían unos a otros. Todos son voyeurs de las acciones de los otros y cada acción de cada uno de los personajes influye en las decisiones de los otros, formándose así un entramado de asesinatos en cadena cuyo motor podría ser la codicia.

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También se insinúa la idea de que la bahía, como otro ser más de la trama, esté condicionando sus actos e imbuyendo a todos los personajes de una sed de sangre que les hace eliminarse los unos a los otros en un juego de traiciones que finalmente ganará la bahía, que quiere seguir como está sin la acción de la mano del hombre que deseoso de enriquecerse no hubiese dudado en explotarla y cubrirla de cemento exterminando su belleza natural y la vida que habita en ella. Una vez más, igual que en otros films posteriores de la época como No profanar el sueño de los muertos (Jordi Grau, 1974), se insinúa la rebelión de un medio natural ante la explotación por parte del hombre.

Y es en el cierre del film donde Mario Bava impone su visión irónica de toda la historia, algo lastrada por el innecesariamente enrevesado tejido de traiciones con algún que otro fallo de guión, haciendo que no haya ningún vencedor en la carrera por la bahía y ajusticiando a manos de sus propios hijos al matrimonio formado por Renata y Alfred, el dúo más letal del film. De tal palo, tal astilla.

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