La maldición de Hill House (Shirley Jackson, 1959)

He querido inaugurar esta página con la reseña de uno de mis libros favoritos de Shirley Jackson, como novela fundacional del subgénero de las casas encantadas.

Ahora que Netflix ha traído a la actualidad a una autora poco conocida por el gran público e infravalorada, en mi opinión, con la serie de tv que lleva el título de la novela, hemos querido beber de las fuentes y acercarnos al libro.

Cualquier lector con un nivel de usuario en el universo de Stephen King habrá leído las alabanzas de éste hacia la autora. Mr. King la idolatra desde niño cuando quedó profundamente impresionado por el relato de Jackson “La lotería” (The lottery and other stories, 1949), pero entremos en la sala de Morellandia donde habita Shirley y conozcámosla un poco más, amigos oscuros.

Shirley Jackson nació en San Francisco en 1916, hija de una familia de clase media que se trasladó a Nueva York en 1932. Allí Shirley estudió en la universidad de Rochester y empezó a publicar relatos en revistas amateurs. Más tarde conoció a Stanley Edgar Hyman con quien se casó y tuvo cuatro hijos. Shirley siguió publicando relatos en revistas cuyo público fundamental eran amas de casa y fue en 1948 cuando logró publicar su primera novela ” The road through the wall”.

Con una vida marcada por la diabetes, la obesidad y el alcoholismo y un marido controlador que la engañaba con las finanzas, sus vías de escape eran su pasión por el ocultismo y escribir relatos.

Con la publicación de su obra más conocida “Siempre hemos vivido en el castillo” (We have always lived in the castle, 1962), su marido llegó a insinuar en los diarios de la época que Shirley era una bruja. Todo con el fin de promocionar el libro y ver crecer las ventas. Shirley que vivía reprimida entre las brumas del alcohol y sus delirios ocultistas se apresuró a desmentirlo por temor al rechazo social.

Con este reflejo inverso de la perfecta esposa americana viviendo el “american dream”, no es de extrañar el argumento que brotó de la mente de Shirley para “La maldición de Hill House”, libro publicado en 1959.

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La novela narra la investigación del doctor Montague, un filósofo y antropólogo, que decide encerrarse varios días junto a otras tres personas en una mansión victoriana, para estudiar desde una perspectiva científica las manifestaciones psíquicas que se dan en una casa encantada, como Hill House.

El doctor alquila la mansión, que lleva varias décadas deshabitada, a su propietaria e invita a pasar unos días en ella a dos candidatas seleccionadas por su conexión con el mundo sobrenatural

Nuestra protagonista, Eleanor Vance, también conocida como Nell, llega a la casa tras la muerte de su madre a la que se ha pasado 11 años cuidando en su enfermedad.

La siguiente es Theodora, Theo, una joven alegre y sensual con gran capacidad telepática.

Y el tercero se trata de Luke Sanderson, un joven aspirante a crápula, impuesto en la visita por su tía y propietaria, como requisito para alquilar la casa al doctor Montague.

El libro empieza con una presentación de personajes canónica. Uno a uno nos va introduciendo a todo el elenco dando una breve pincelada de cada uno de ellos. A continuación, la narración se detiene en las circunstancias que llevan a Eleanor, nuestra protagonista absoluta, a Hill House. El robo del coche compartido con su hermana y el viaje por carretera de Nell tienen un tono de cuento de hadas, rozando lo onírico que presagia la obra que más tarde daría popularidad a la autora: “Siempre hemos vivido en el castillo”.

Vemos como una Eleanor que a veces se comporta como una cría asustada y otras como una chiquilla ilusionada va conduciendo a Hill House en pos de su recién estrenada libertad, y viviendo un monólogo interior donde ella es la única habitante de un mundo ideal con jardines encantados, leones de piedra y gatos blancos soñadores. Todos estos elementos oníricos van introduciéndonos en una mente soñadora y romántica poco apegada a la realidad. Nuestro personaje se va perfilando con maestría en este viaje iniciático que la lleva hasta la oscura verja de Hill House.

Theo también es otra muchacha soñadora con capacidades para percibir el mundo sobrenatural, pero es un personaje hedonista, sensual que vive hacia fuera, consciente de su atractivo.

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Es inevitable pensar en ambos personajes como posibles alter egos de la propia escritora. De un lado tenemos a Eleanor, la Shirley real que vive aislada en su propio mundo interior. Del otro, está Theodora, un personaje adorable con una personalidad magnética que va dejando una estela de sensualidad a su paso. Theo es la Shirley que quisiera ser, volcada hacia el mundo exterior y dueña de la imagen que proyecta.

Los dos personajes masculinos no están tan bien perfilados, sino que la autora establece una distancia, quizá de género a la hora de describirlos. Tenemos a Luke Sanderson, futuro heredero de Hill House, joven despreocupado con exquisita educación, un snob que siempre ha vivido sisando a su tía, propietaria de la mansión. Luke es el eje vertebrador de la relación entre Nell y Theo. Unas veces ambas son cómplices al burlarse de sus cualidades masculinas, situándole en el extra-radio de sus juegos dialectales y otras, por contra, rivalizan a la hora de ganarse su atención.

El otro personaje masculino, el doctor Montague, es un exponente de otra época y otras creencias, un científico con alma de filósofo, una especie en extinción en una década que está plenamente abierta a la ciencia. El final del libro se encargará de recordarle a Montague que sus creencias están caducas y hay que dejar paso a la luz.

El resto de personajes secundarios se trata de carácteres con la única finalidad de matizar la obra. Tenemos a los Dudley, el guarda y el ama de llaves de la mansión, cuyas apariciones sirven para teñir de oscuro las páginas en que aparecen. Hacia el final del libro entran en escena la sra. Montague, esposa del doctor y su amigo Arthur. Los dos aportan un tono de comedia a la narración por su histrionismo. Ambos son unos auténticos “believers” del mundo de lo paranormal y sirven a la autora con maestría para destensar y aplazar el clímax final.

Hill House se desarrolla como una novela de casas encantadas canónica, sentando muchas de las bases del subgénero tal y como lo conocemos hoy en día. Sus “jumpscares” son escasos, pero hay algunos capaces de provocar el escalofrío en el lector.

El ritmo de la novela, con una introducción paulatina en el ambiente oscuro y malsano de la casa, se desarrolla alternando fases diurnas de una felicidad campestre, que se acerca a un mundo de riachuelos y paseos por el bosque, muy propio de Shirley, donde los personajes fantasean con hacer un pic nic; y otras fases nocturnas donde la casa da muestras de su maldad y acorrala a los personajes llevándolos al borde de la locura. Es en el ritmo in crescendo donde poco a poco nos vamos adentrando en la mente perturbada de la propia Nell que alterna periodos de una felicidad absoluta y pueril, con otros de odio malsano hacia el resto de los personajes, sobre todo hacia Theo.

Todo esto nos va dando miguitas de pan, pistas, de que estamos ante una mente psicótica con un gran poder para provocar manifestaciones físicas, poltergeists, conectados con el mundo del más allá o no.

Aquí es donde se erige la modernidad de “La maldición de Hill House”, donde se introduce el elemento nuevo en el subgénero. Se establece la duda de no saber si estamos ante una casa encantada o ante una mente perturbada con el poder de provocar manifestaciones psíquicas a su antojo.

Shirley Jackon fue lo suficientemente moderna y perspicaz para dejar el libro con un final abierto a la interpretación del lector. Así el libro acaba con una estructura circular, cerrándose con el mismo párrafo que da inicio a la novela. La historia ha sido contada, pero el misterio no ha sido desvelado.

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